‘La metamorfosis’ de Kafka: una relectura desde la escuela y la justicia social

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“Una mañana, al despertar de sueños intranquilos…”. Así podría comenzar la partitura de cualquiera de nuestras rutinarias vidas.

Una mañana azarosa en la que amanecemos atrapados en las sábanas de una noche más larga de lo habitual; una noche en la que no hemos dormido bien a causa de una preocupación, cualquier incomodidad, una inquietante pesadilla o el irritante zumbido de un mosquito que acabó por picarnos.    

De aparentes pesadillas e insectos, en toda su amalgama de interpretaciones, va al menos en parte la novela corta La metamorfosis (1916), de Franz Kafka. Se cumplen cien años de la muerte del autor checo de origen judío y su legado pervive en muchos rincones de la existencia humana. En la pluralidad de vivencias, su obra más conocida encierra un conglomerado de posibles mensajes que nos dicen que sí, que sigue valiendo la pena discutir sobre lo que pudo suponer la transformación de Gregor Samsa aquella mañana, y qué mensajes se pueden proyectar en nuestra sociedad y nuestra juventud.

Con las revisiones que hagamos de La metamorfosis en la enseñanza, por ejemplo, si nos atrevemos a ello y lo hacemos con sumo cuidado, creo que puede ocurrir algo similar a lo que cuenta Dora Diamant, último amor del autor que lo acompañó hasta el último de sus días, antes de morir a causa de la tuberculosis: “Con Kafka nadie se sentía incómodo. Al contrario, atraía a todo el mundo, y le visitaban con cierta sensación de solemnidad, tal y como se anda de puntillas y con cuidado, o por alfombras suaves”. (Piedro Citati, Kafka, 1987). Porque, como veremos, los símbolos del universo kafkiano pueden seguir atrayendo a todo el mundo, más de un siglo después. 

Nos disponemos a leer junto a nuestro alumnado algún fragmento de la angustiosa historia de Gregor Samsa, un empleado de comercio que vive en una casa con sus padres y hermana. De repente, se abate sobre ellos y ellas un marco nuevo, original, mitad pesadilla mitad cotidianeidad. A falta, muchas veces, de que la capacidad de contar y conocer historias literarias clásicas entronque con sus vidas, con La metamorfosis viven una experiencia diferente. No esperaban poder recuperar sus débiles esperanzas de sentirse identificados con un personaje escondido en las páginas de algún libro.

La novela de Kafka, en su pluralidad de interpretaciones, nos lee a cada uno de nosotros. Ocurre igual con otras espléndidas narraciones del autor, como por ejemplo El proceso (1925), un alegato sobre cómo la burocracia se puede convertir en algo siniestro que nos deshumaniza.

En el eco de sus páginas se puede entender por qué la literatura deja siempre libres huecos en blanco para ser rellenados por cada experiencia lectora —el llamado “horizonte de expectativas” que se defiende desde voces de la didáctica de la literatura contemporánea—; como decía Aidan Chambers, “esos espacios para la interpretación que el autor deja a su lector para que los complete” (1990). Cada situación que le ocurre a Gregor es parte de un ágora pública donde paseamos hasta encontrarnos con otros, o con nosotros mismos. 

El personaje principal de La metamorfosis se va sintiendo, con el avance de la novela, cada día más aislado o rechazo. En sus relecturas, podemos proyectar en él desde las reacciones y sensaciones de un estudiante que sufre algún tipo de situación de acoso, hasta la expresión de la marginación o invisibilización de cualquiera en un grupo-clase, por distintas condiciones de vulnerabilidad. Una historia cruel sobre el egoísmo humano en donde la identidad cercenada y la libertad limitada del individuo convierten los rincones de cada día de nuestros centros escolares (o de nuestra vida) en un escondrijo cruel que muchas veces, los adultos, no somos capaces de ver.

Aún en el capítulo I, Gregor, ya convertido en un insecto inhabilitado para salir de su habitación, recibe en su casa la visita del encargado de la empresa donde trabajaba, que estaba preocupado porque no había acudido ese día a su puesto. Cuando Gregor logra abrir la puerta de su cuarto y este lo ve, se horroriza al ver su cuerpo transformado, y sale corriendo despavorido. Justo antes, Gregor, impotente, le dice: “señor apoderado, no se marche usted sin haberme dicho una palabra que me demuestre que, al menos en una pequeña parte, me da usted la razón”.

Temas como los de la eliminación de la opresión, la dominación institucional y la alienación del individuo están presentes cuando hablamos de la idea de justicia social, y pueden vincularse claramente a las ideas que subyacen en La metamorfosis. La falta de reconocimiento del individuo, como parte de la justicia distributiva (Honneth, Young…), se proyecta dentro de escuela en los chicos y chicas que vemos cada día en situación de desenganche del sistema: una forma de abandono interior que termina por hacer que se sientan expulsados de la institución educativa antes de desaparecer físicamente, en un entorno cada vez con menos medios para satisfacer sus necesidades: “Gregor ya casi no comía nada. Sólo a veces, cuando pasaba por delante de la comida que le habían puesto, tomaba un bocado como divertimento, lo mantenía ahí unas horas y lo escupía la mayoría de las veces”.

En un progresivo proceso de deshumanización, la familia de Gregorio termina por aislarlo desde el momento en que cada vez es menos útil para el hogar, al ya no poder aportar dinero a la casa. Ello puede tener reflejo simbólico en una escuela que también va sintiéndose cada vez más atenazada a la hora evitar el desenganche y el abandono de todos aquellos que arrancan en condiciones injustas de partida por razón de clase, características cognitivas, etnia, origen, etc. 

Al final, se trata de la recuperación de la historia de ese personaje incapaz de abrir las puertas de su habitación por sus características animalizadas, mensaje que puede encerrar el entendimiento de la educación reglada como sistema de selección de individuos sometidos al imperio del interés económico, y no como indiscutible derecho humano universal: “cuando la conversación trataba de la necesidad de ganar dinero, Gregor se apartaba de la puerta y se tumbaba en el fresco sofá de cuero situado junto a la entrada, pues ardía de vergüenza y tristeza”.

La metamorfosis de Kafka puede ser repensada, en definitiva, en otro tiempo y otro lugar: el de ahora. Un tiempo donde nos encontramos cada uno de nosotros, independientemente de nuestra situación. Todos en cierto modo convivimos bajo el mismo techo que Gregor y su familia. En las páginas y símbolos de la novela, perviven el brillo de anhelos derribados en un mundo plagado de injusticia social y en una escuela que sigue abandonando, por incapacidad, al que menos puede. Pero planteémonos utilizar esta relectura para no doblar las rodillas. 

Se trata, en definitiva, de no perecer en el intento para que, cuando despertemos tras un sueño intranquilo, seamos capaces de dejar las pesadillas atrás. 

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