En mis años de director, suelo acompañar siempre que puedo al profesorado nuevo que llega a sus clases en el primer día de clase.
Hago una breve presentación, salgo del aula y los dejo solos pero, antes, mientras hablo, me voy fijando en las caras de expectación de los chicos y chicas ante la llegada de su nuevo profe. Y ahí, cuando me voy, es cuando empieza todo.
Ese momento del año escolar lo solemos pasar por alto quienes estamos en equipos directivos, quizá porque llega envuelto en las prisas del arranque, de los horarios nuevos. Son los primeros compases del curso en esa relación tan especial entre el docente y el estudiante: esas dos o tres semanas iniciales en las que el profesorado y el alumnado empiezan a reconocerse, a situarse y a construir el marco de convivencia y aprendizaje que sostendrá todo lo que vendrá después. Esos momentos no son un calentamiento. Son, en realidad, el cimiento invisible del curso.
El alumnado llega con expectativas, dudas, miedos y una imagen previa, a veces difusa, de lo que será nuestra asignatura.
El profesorado, por su parte, aterriza con la responsabilidad de abrir un espacio seguro, claro y estimulante. Y entre ambos se despliega un territorio decisivo: el de las normas, la evaluación, la comunicación y, lo que me parece más importante: la cultura de aula. Lo que se haga (o no se haga) en ese tiempo inicial condiciona la confianza, la motivación y la estabilidad del grupo durante meses.
Una de las primeras tareas esenciales es explicar cómo se evalúa. No como un listado técnico, sino como un pacto pedagógico. La evaluación es el lenguaje con el que la escuela interpreta el aprendizaje, y por eso debe ser comprensible, transparente y coherente. Cuando el alumnado entiende qué se espera de él, qué significan los criterios, cómo se valoran las tareas y qué papel juega la autoevaluación, se reduce la incertidumbre y aumenta la implicación. Un ejemplo: no se trata de decir “esto vale un 30% y esto un 40%”, sino de mostrar el sentido de cada actividad, el porqué de cada tarea o prueba y la lógica que conecta el trabajo diario con la calificación final.

En paralelo, es imprescindible explicar las características de la asignatura. Qué aporta, qué competencias desarrolla, qué tipo de pensamiento exige, qué retos plantea y qué oportunidades abre. Muchas veces el alumnado no sabe realmente qué se hace en una materia hasta que ya está metido en ella. No sonará, de hecho, que eligen una optativa según el docente que la vaya a dar. Por eso es importante presentarla bien, con claridad y honestidad; eso ayuda a que la perciban como algo significativo y no como un conjunto de tareas rutinarias. Cuando la asignatura se entiende, se valora. Y cuando se valora, se trabaja mejor.
Otro pilar de esos primeros compases son las normas de aula. No hagamos de ellas un catálogo de prohibiciones: son ese marco de convivencia que protege el derecho a aprender. Las normas deben ser pocas, claras y razonables. Y, sobre todo, deben explicarse desde la corresponsabilidad: no son “mis normas”, sino “nuestras condiciones para que esto funcione”. El alumnado necesita saber qué se espera de él, pero también qué puede esperar del docente: puntualidad, respeto, coherencia, escucha y justicia. La autoridad pedagógica se construye desde la claridad y la coherencia, no desde la rigidez.
En este arranque del curso también se juega la relación humana. Conocer los nombres, observar las dinámicas del grupo, detectar quién necesita apoyo, quién tiende a liderar, quién se esconde, quién se dispersa. La tutoría, sea la formal o la informal, empieza desde el primer día. Y el profesorado, aunque no sea tutor, ejerce siempre una influencia educativa que va más allá de su materia. Mostrar cercanía sin perder profesionalidad, escuchar sin invadir y acompañar sin sobreproteger: ese equilibrio es parte de nuestro oficio y se afina especialmente en septiembre.
Los primeros compases son también el momento de marcar el tono comunicativo. Cómo se habla, cómo se corrige, cómo se felicita, cómo se orienta. Nuestro alumnado capta rápidamente si está en un aula donde se puede preguntar sin miedo, donde equivocarse es parte del aprendizaje, donde la diversidad se respeta y donde la exigencia convive con el apoyo.

Y, por supuesto, septiembre es el tiempo de organizar el trabajo. Explicar cómo se estructura la materia, qué tipo de tareas habrá, cómo se gestionan los plazos, qué recursos se utilizarán y qué papel tendrá la tecnología. La organización inicial evita conflictos posteriores y permite que el alumnado se sitúe en un marco estable. Un curso bien explicado es un curso mejor vivido.
En definitiva, los primeros compases del curso son el capítulo inicial que define el resto del libro. En ellos se construye la confianza, se pacta la convivencia, se clarifica la evaluación, se presenta la asignatura y se establece la cultura de aula. Son días intensos, sí, donde nos sentiremos muy agotados, pero también son días profundamente estratégicos. Cuando dedicamos tiempo a explicar, escuchar y ordenar, nuestros chicos y chicas responden con mayor serenidad, compromiso y sentido.
Quizá por eso conviene reivindicar cualquier inicio del curso como un espacio profesional de alto valor. Es momento en el que empezamos a ser comunidad. Y en educación, empezar bien no garantiza todo… pero ayuda muchísimo a que todo lo demás pueda suceder.
Considero el inicio como factor importante. Estoy de acuerdo con lo que comentas.