Los caminos de la infancia

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“Desde el lejano norte llegaba el gemido sordo del viento, y tío Henry y Dorothy veían cómo las largas hierbas se inclinaban en oleadas anunciando la llegada de la tormenta”

(Lyman Frank Baum, El mago de Oz)

Tuve la suerte de, casi por casualidad, escuchar a Andrés Conde, director general de la ONG “Save the Children” en España, durante su intervención ante la Comisión para la Reconstrucción Social y Económica del Congreso de los Diputados. Sus palabras iniciales en dicha intervención, en las que mantiene que, durante esta crisis del COVID-19, “la infancia corre riesgo de ser un colectivo olvidado”, me llenaron de cierta preocupación, porque me alertaron ante la visión de determinadas realidades que parecen, tristemente, hacerse incorporado a los caminos “nueva normalidad” que nos intentan vender, caminos en los que no parecen encontrarse los niños y las niñas o, si lo están, siguen estando en la cola, como en otras muchas políticas.

Mientras lo escuchaba hablar, me ha ocurrido lo mismo que con otras caras de esta crisis y el panorama que ha dejado en cuanto a determinados retrocesos en materia en justicia social: incremento de la violencia de género, aumento de las desigualdades, grupos sociales y políticos aferrados al poder de los privilegios, oleadas de racismo, etc. Mientras todo eso ocurre, los niños y las niñas miran atónitos, colocados por la masa adulta a un lado del camino emprendido, el mundo pasar desde las ventanas de sus casas, con incertidumbre ante la llegada de un momento, un turno para caminar junto con nosotros y nosotras, un turno que no se sabe ni cómo ni cuándo va a llegar.

Recordé también, con las palabras del representante de “Save the children”, otras épocas que conozco por lo que la literatura occidental del canon dominante ha plasmado sobre ellas. Me acordé así, de la literatura victoriana, de las novelas de Charles Dickens, y de cómo sus protagonistas, de corta edad, eran personas marginales y en situación de exclusión, obligadas muchas veces a refugiarse, ante los embates de un mundo hostil, en la delincuencia y en territorios suburbiales que nunca desearíamos para nuestras hijas e hijos.

Han pasado casi doscientos años de aquellos modelos fabriles nutridos de la explotación y, aunque en muchos contextos no se llegue a ese punto, hoy el papel de los más jóvenes parece seguir continuamente poniéndose en entredicho en diversos foros, quedando relegados muchas veces a receptores pasivos de cuidados familiares de los que, además, suelen encargarse las mujeres, en una visión patriarcal del mundo y en una perpetuación de modelos hegemónicos que, reitero, parece haberse agudizado de manera preocupante durante la pandemia.

Pobreza infantil

A pesar de no estar ya en la Inglaterra de Dickens, las tasas de pobreza infantil son muy preocupantes. Si nos fijamos en la dimensión educativa, informes como el Report Card nº 11 de UNICEF colocan a España como el país que arroja peores cifras de bienestar infantil y juvenil, dentro del grupo de los 29 países con mayor riqueza del mundo. Y eso era antes de la crisis.

Sin embargo, de entre los paquetes de medidas y acciones anunciadas por los gobiernos de estos países enriquecidos, me cuesta encontrar alguna que -a excepción de la reciente modificación en España de la Ley de Protección de la Infancia frente a la violencia- se relacione directamente con los derechos de los niñas y niñas, circunstancia que deseo no tenga nada que ver con que estos no formen parte de un sector poblacional al que se le pueda captar su atención y que, además, tienen aún muy lejos la edad para ejercer su derecho al voto.

No sé si, ante este panorama, la educación es una verdadera solución -debería serlo-, o es más “una desventaja en estos días”, como se dice en un momento de la película de J. Clavell Rebelión en las aulas. Lo que sí opino es que es muy preocupante que aún se esté discutiendo si la infancia debe o no volver a sus clases presenciales en septiembre de este año: simplemente la idea de la planificación de un inicio de curso plagado de virtualidad para los más pequeños, se me antoja no solo como un panorama desolador y un fracaso de las políticas educativas, sino como un lastre para el progreso, la equidad, la igualdad de oportunidades, la inclusión, la corresponsabilidad y el avance en las necesarias medidas de conciliación.

Mi fuerte no es la economía y no me atrevo a calcular cuánta inversión es necesaria en una región o un país para que la infancia y la juventud pueda regresar a las aulas físicas con amplias garantías de seguridad para todos los componentes de una comunidad educativa, pero desde luego que nuestros gobernantes no deberían estar perdiendo ni un segundo de sus vidas laborales en otra cuestión que no sea la lucha por reconstruir la educación y colocarla de una vez por todas en el lugar que se merece.

En este camino, el camino de recuperar la infancia a través de la senda de la educación, todas las voces deben ser escuchadas y todas las personas pueden y deben aportar: cualquier idea original o innovadora debe prevalecer frente a los discursos que saturan las redes sociales con visiones muchas veces partidistas en las que parece que hay privilegios y tradiciones que tienen que permanecer intocables.

Y acabo como casi empecé, con literatura. En el cuento popular de Hansel y Gretel, recogido por los hermanos Grimm, Hansel traza un camino tirando migas de pan para poder regresar del bosque y huir de sus peligros. En la novela El mago de Oz, de L. F. Baum, Dorothy (otra niña) y sus amigos tienen que seguir el camino de baldosas amarillas para encontrar al mago. Ambas metáforas, insertas en dos narraciones llenas de simbologías, pueden alumbrarnos nuevos caminos en estos tiempos en los que los más pequeños deben recuperen sus espacios -los colegios, entre ellos- para guiarnos si es necesario a través del juego, un juego que como otros muchos está lleno también de disciplina y responsabilidad pero que ahora debe dirigirse a la reestructuración de las realidades escolares.

Esta nueva mirada, que los más pequeños puedan entender y lograr interiorizar con el esfuerzo de la colectividad, debe estar en el camino hacia la búsqueda de nuevos horizontes -físicos y mentales- en contextos escolares en los que no quepan las barreras, simplemente porque fueron derribadas cuando descubrimos que seríamos más felices en un mundo liberado de prejuicios, prejuicios que muchas veces nos llevan a olvidarnos de trazar los caminos más importantes: los de nuestra infancia.