La Inteligencia Artificial en el aula: dilemas, reflexiones y usos razonables

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La Inteligencia Artificial Generativa ha llegado a nuestras prácticas didácticas para interrogarnos sobre cómo se lee y se escribe, cómo se crea o interpreta, y cómo tienen que hacerlo nuestros estudiantes, en un horizonte deseable. Permanecer al margen no parece lo más razonable. 

La IA supone, tras la llegada hace décadas de Internet, una nueva apuesta pedagógica a partir de los últimos avances digitales. Como ocurrió con los móviles, ha generado nuevos debates en los claustros y otros foros docentes. Están quienes se decantan por prohibir y los que instan a permitir su uso educativo siempre controlado, justificado y verificado. 

Luego están quienes, bajo mi punto de vista de forma acertada y consciente, abogan por una integración consciente, que preserve por encima de todo los valores fundamentales del aprendizaje y alertando sobre los riesgos de cualquier forma de automatización sin reflexión. “La escuela debería ser menos un espacio de adaptación acrítica a los desarrollos tecnológicos y más un lugar de resistencia propositiva”, sostiene Pepe Cerezo en la presentación del libro de Carlos Magro y Tíscar Lara titulado IA y Educación. Una relación con costuras (2025)

Los usos educativos de la IA implican la sistematización mecánica de procesos cognitivos básicos que antes apenas contaban con asistencia tecnológica. Es normal que eso preocupe a las comunidades docentes que no crecieron ni se formaron con la IA: buscar ideas, textualizar, revisar, revisar, proponer, traducir, elaborar, extraer datos, ordenar, resumir, reducir o ampliar, eran antes acciones vinculadas al aprendizaje básico individual para las cuales apenas había apoyos técnicos.

Aunque queramos mirar para otro lado, probablemente ahora mismo tengamos a muchos de nuestros estudiantes de Educación Secundaria en adelante interactuando con aplicaciones de IA accesibles y gratuitas en sus versiones básicas, como ChatGPT, Gemini o Copilot, con el fin de resolver muchas de las tareas marcadas.

Hay muchos alumnos que incluso la usan en sus casas para estudiar. Es decir, antes eran nuestros padres quienes nos preguntaban “la lección” y ahora la IA es quien, una vez introducen la información, interroga y explica los matices y errores a los aprendices. Partimos, pues, de la base de que se usa mayoritariamente como ayuda, y eso a priori no es malo, si se sabe hacer.

Pero el uso de la IA exige conocer qué se quiere; precisa poseer los conocimientos técnicos adecuados y tener cierto grado de autorregulación. Cualquier usuario experto interactúa con la IA en ciclos controlados y dirigidos, casi como una fuente más a la hora de elaborar los resultados finales, que son siempre propios.

Lo deseable sería que toda la población usuaria fuera capaz de hacer esa lectura crítica y analítica de las respuestas de la IA, y que supiesen detectar los sesgos e inconsistencias. Es ahí donde entra en liza el papel fundamental de la escuela.

Antes se escribía de principio a fin para crear, elaborar, plasmar, reproducir… Ahora, la escritura con IA se orienta al resultado final, con múltiples versiones y revisiones rápidas mediante la interacción con la aplicación. En ese aspecto tenemos un papel crucial los docentes.

La educación reglada no puede permitirse el uso acrítico de la IA, ni que se delegue a esta la responsabilidad de obtener productos finales. El profesorado debe hacer hincapié en ello a su alumnado. Por lo tanto, se requiere acompañamiento docente para evitar un uso superficial de la Inteligencia Artificial, sin poner en duda las respuestas a los cuestionamientos que le realizamos.

Es muy interesante el hecho de que la interacción con la IA deje huella a través de los llamados prompts, de respuestas, de reformulaciones, etc.

Ello permite al docente, como acompañante, observar y analizar los procesos mentales del alumnado. Además, abre oportunidades para el diagnóstico, la personalización y el aprendizaje autorregulado, aspectos que en los últimos tiempos se vinculan con la llamada educación competencial. Es, por lo tanto, una oportunidad para hacer nuevos registros del nivel de desempeño de nuestros estudiantes.

Es evidente que tareas como, por ejemplo, pedir que resuman el contenido de un texto no tienen el mismo sentido que antaño. Ahora es más pertinente pedir al alumnado que justifique el uso de IA y documente las preguntas que le hace a “la máquina”. Que personalice los textos generados, que realice presentaciones orales o grabadas a partir de lo que da la aplicación, o que añada ejemplos propios o locales al resultado.

En lo que siempre hemos llamado autoevaluación, podemos pedirles el historial de interacción con la IA como anexo a cualquier trabajo. Podemos pedirle analizar el resultado generado para detectar carencias y fortalezas o ya en momentos más avanzados que reflexionen, por pasos, sobre todo el proceso de lectura y escritura que han llevado a cabo para obtener el producto final.

Recordemos que la IA no tiene voz propia, ni ética, ni estilo personal, sino que se alimenta de los algoritmos digitales que se le va proporcionando: en la evaluación del aprendizaje, el alumnado debe aportar esa identidad lectoescritora, esa intencionalidad y esa capacidad de revisión. Ese es el nuevo desafío educativo, difícil pero apasionante.

En definitiva, la incorporación de la IA en el aula nos insta no a evitarla a toda costa, ni tampoco a replicarla por inercia o moda. Debe primar, una vez más, la perspectiva crítica, ética y pedagógica, así como el mantenimiento de principios educativos que pueden ir de la mano de los nuevos asistentes que tenemos a nuestros alcance para seguir enseñando y aprendiendo: resulta crucial seguir abogando por la belleza de aprender lentamente que defendía Nuccio Urdine, por el error como forma de progresar, por la individualidad de cada estudiante a la hora de que escribir o leer a su ritmo, como parte de su identidad, y no la presunta “personalidad de una máquina”, o la velocidad enlatada que esta nos marca.

Continuemos defendiendo la importancia de la construcción colectiva del conocimiento humano, añadiendo nuevas voces e incorporando lo que aportan los avances técnicos que tanto contribuyen a la accesibilidad universal; pero hagámoslo no como una solución automatizada a cualquier necesidad, sino como una oportunidad para plantearnos nuevos dilemas e interrogantes, y trasladarlos con honestidad a nuestro alumnado en el continuo diálogo que mantenemos con ellos. 

Es ahí donde está la verdadera trascendencia y el uso ético de la IA en nuestras clases. Su aportación a la equidad, a la inclusión, a la universalización del saber y a la ampliación de miras en el conocimiento. 

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