Episodios nacionales: el gran fiasco educativo

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Luis Gonzalo Díez, ensayista y profesor, analiza en La epopeya de una derrota (Galaxia Gutenberg, 2020), en clave ideológica, el envés que encierran muchas de los pensamientos vertidos por el escritor canario Benito Pérez Galdós en su magna obra Episodios Nacionales.

Y lo hace en una serie de reflexiones pausadas sobre la oscilante idea arraigada en nuestro imaginario colectivo de concebir la política como una enfermedad: “Prensa, gobierno, Partidos, altos y bajos poderes, todo anuncia su irremediable descomposición”, expresa el novelista en Cánovas (1912), sexta y última novela de la quinta serie. Su pesimismo ante la ausencia de ideales nobles teñirá el final de su producción literaria, de una palpable desazón crítica con cierto aire melancólico, clima que acompañará a su pensamiento en los últimos años de su vida. 

Todos tenemos una parte de Benito Pérez Galdós, un retazo de sus ideales, de su derrota; una porción de esa crisis existencial que zozobra en un desengaño goyesco que nos recuerda también a aquel tono amargo y a veces delirante de los últimos artículos de Mariano José de Larra, otro autor que atravesó profundamente el panorama social y político de la España del siglo XIX.

Nuestras políticas educativas de los últimos treinta años representan la esencia del desencanto social y civil: una jornada que nunca acaba y que gira en bucle en aquel “funesto día entre el corto número de gentes que piensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada”, tal y como expresaba precisamente Larra al final de su artículo “El castellano viejo” (1832). Porque, en ese hastío, en ese clima de derrota, los que salen airosos son precisamente esos, los que avanzan cada vez a un ritmo más acelerado dentro del afán de supervivencia individual, a la par que la segregación y la desigualdad van creciendo, baja la exigencia y se incrementa el número de personas que no logran progresar en su conocimiento, pero a las que igualmente se les da un título que maquille ante la opinión pública las vergüenzas del sistema. 

Porque, sí: tras el trampantojo de la equidad, se encierra un panorama educativo bulímico y elitista a la vez; la historia de un ciclo repleto de fracasos, desencuentros y vaivenes educativos en los que los políticos jamás han logrado ponerse de acuerdo en lo más básico. Y, en medio de ese ruido permanente, salen cada vez peor parados los que parten de una situación de partida de desventaja, mientras el Estado no logra encontrar la solución a uno de nuestros males endémicos: la educación que reciben los jóvenes de este país. 

No ha existido en España un ministro de Educación que, sin tapujos ni circunloquios, dé la cara por los suyos, las personas de nuestros distintos pueblos, ciudades y regiones. Un representante que analice ante los medios, con humildad pero con contundencia a la vez, por qué el sistema educativo vive en un permanente sonrojamiento. Ningún partido ha sido capaz de hacer una radiografía veraz de lo que está ocurriendo en las aulas de nuestras diferentes geografías, en donde no se ha sabido marcar el rumbo de las prioridades educativas más esenciales. 

Saber leer con fluidez, entender un texto, resolver problemas matemáticos elementales, adquirir una cultura científica sólida, redactar con coherencia y cohesión, cultivar la filosofía, adquirir conciencia de la norma ortográfica o revisar el pasado críticamente para entender el presente: ninguno de estos cimientos han sido la base del edificio de nuestra construcción política, en un marco de cohesión social que pueda garantizar la solidez de un proyecto educativo común en el que quieran confiar el mayor número de españoles. Es el episodio nacional que se repite en un eterno retorno, un gran fiasco nacional, a la par que nuestros estudiantes llegan al final de la educación obligatoria con cada vez más importantes carencias en lo esencial, sumidos, como sus docentes, en pozos de incertidumbre ante un panorama laboral que completa esa sinfonía perfecta en la partitura de la desigualdad. 

En este episodio que nunca acaba, la ciudadanía cada vez cree más que se ha perdido el norte. Que no se sabe quiénes son los personajes principales ni los secundarios. Que la trama se diluye mientras los impuestos que deben ir destinados a sostener los servicios esenciales –entre ellos la educación– se dilapidan al compás de la búsqueda del “capital humano” que marca la OCDE, organización económica que se ha metido en el ADN del sistema para terminar de reconvertirlo a las exigencias de los mercados neoliberales. Lo expresa bien Christian Laval en su ensayo La escuela no es una empresa (2003). 

Este fiasco educativo se alimenta de modismos, de humo disfrazado de presunta innovación, de tendencias tecnocráticas hijas del capitalismo para terminar de apagar la llama del humanismo en la escuela. Vendemos como signo de progreso que nuestros jóvenes crezcan en la quijotesca “habilidad” de confundir realidad y ficción mientras aprenden antes a deslizar sus dedos por las ventanas de un móvil que a pasar las páginas de un libro. Y nos lo tomamos como un triunfo. Pero la diferencia con cualquier ficción novelesca es que, ahora, la amenaza no son los libros que se apilan para quemarse, como ocurría en el episodio del escrutinio del cura y el barbero de la obra cervantina; el peligro, en este tiempo revuelto de hojarascas, es que nuestras generaciones crezcan eclipsadas por el brillo de las pantallas que ensombrece el sosiego que nos da otro instante perdido en las páginas de la ignorancia. 

Pero, en este episodio nacional, no sabemos cuál será el último volumen, la última ocurrencia. Porque, sí: vivimos en la era de las ocurrencias. Asistimos al continuo bálsamo salvador en forma de gurús variopintos que aparentan aliviar las heridas de una ley que, aunque contenga algunos aciertos, vuelve a estar como otras cimentada de arriba a abajo, reflejo de esa enfermedad política que avanzaba Galdós en su obra.

Porque, en esta era, el bálsamo está elaborado con la receta que dice en su portada que educar por competencias es mejor, más útil, más necesario, a la vez que se dilapidan culturas, conocimientos y saberes patrimoniales que serán olvidados por las generaciones futuras si no se protegen en esa escuela entendida como una “institución de cultura”, de la que Nietzsche hablaba en su conferencia “Sobre el porvenir de nuestras escuelas” (1872).

En este episodio, cercano, creo, a algún final, España ha hecho de la diversidad un problema asentado, un dislate lleno de incoherencias, un desdibujado mapa académico con saberes ya parcelados por clases sociales antes de que a las personas se les dé la oportunidad de alcanzarlos en igualdad de condiciones.

Una cosmogonía inconexa en la que pasan de puntillas los privilegiados (muchos de ellos escolarizados en la red paralela de la privada, una anomalía educativa a la que nadie ha querido poner remedio) para no perder su posición y seguir haciendo de la educación una vigorosa catapulta para su futuro; no vaya a ser que la sociedad se rebele en su contra y quiera empuñar la espada de la educación como ascensor social, si es que aún queda sociedad para entonces, en ese episodio que nunca llega. 

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