El factor humano

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«Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma». Así acaba el poema «Invictus”, de William Ernest Henley, inmortalizado con sus alusiones en el libro de John Carlin Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game That Changed a Nation (2008), titulado en español El factor humano

Precisamente el factor humano es lo que movió esta historia, que tal vez conozcan, y que inspiró una conocida película de Clint Eastwood. En ella, Nelson Mandela, junto al capitán de la selección sudafricana de rugby, François Pienaar, buscó durante la Copa Mundial de Rugby de 1995 la reconciliación de las diferentes etnias que conforman Sudáfrica. Tanto el libro como el filme tratan el papel que desempeñó ese año la selección sudafricana, los Springboks, en el acontecimiento deportivo disputado en Sudáfrica. Mandela ve esta celebración como una oportunidad de hermanamiento racial y cultural en un país dividido social y económicamente en los más de cuarenta años que duró el sistema segregacionista del apartheid

En una escena de la película, el presidente sudafricano se enfrenta al Consejo Nacional de Deportes (compuesto en su mayoría por representantes negros), bajo el lema «los detalles importan, y mucho», para lograr que no se suprimiera un deporte considerado alma de la ̈Sudáfrica blanca. Al final, el equipo se convirtió en ejemplo no solo de unión del pueblo, sino también de democratización política y pluralismo social, a partir de una perspectiva inclusiva del deporte, las relaciones humanas y la vida. El factor humano convirtió las diferencias en valor. 

Nelson Mandela, artífice de este movimiento humano, conservó en una hoja de papel durante su encarcelamiento, desde 1964 a 1991, el poema que el autor británico incluyó en el libro In hospital (1908). Fue una fuente de inspiración que no le hizo perder la esperanza, al igual que otras líneas fundacionales nos hacen seguir pensando que, en el contexto escolar, una educación especial diferenciada no es el camino para lograr una sociedad justa y respetuosa con lo que aporta la diversidad a través de redes de apoyo que nos vinculan y arraigan. 

Uno de esos documentos inspiradores para ese entendimiento fue la Declaración de Salamanca, firmada por 92 gobiernos (entre ellos, el español) en 1994. En esta ya se indicaba que “todo menor con necesidades educativas especiales debe tener acceso a una escuela normal que deberá acogerlo y acomodarlo dentro de una pedagogía centrada en el menor que cubra dichas necesidades”. También incorporado al ordenamiento jurídico español está la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, de 2006, que fija en su articulado la inclusión como principio.

A pesar de ello, en la actualidad las realidades que nos rodean son otras: según datos del Ministerio, dos de cada diez niños y niñas llamados de necesidades educativas especiales no acuden a escuelas ordinarias, sino que van a centros de educación especial (muchos de ellos privados). Ahí, la concentración de recursos humanos y materiales, en un paradójico modelo diferenciador, permite la atención personalizada que precisan, ante la desidia institucional que hace de un derecho un eslabón perdido en el tiempo y en panfletos rebosantes de buenismo. 

Tal y como Nelsón Mandela supo ver en la superación de la segregación territorial sudafricana, apoyada en un sistema político que sometió al 80% de la población más de cuarenta años con leyes discriminatorias, determinados acontecimientos y contextos sociales ejercen una poderosa influencia sobre la observación que realizamos de la diversidad. Ese es el caso de la existencia de centros de educación especial: con su prevalencia, y con la consiguiente invisibilización de un 20% de la población estudiantil en escolarización obligatoria, es fácil que se caiga en el hábito de ejercer una mirada de la discapacidad “desde fuera”, desde la extrañeza que provoca lo desconocido ante nuestros ojos. 

De esa manera, no se valora lo que la mezcla de personas diferentes según sus singularidades sociopersonales puede aportar (valor más que demostrado en muchos estudios), sino que se perpetúa la tendencia de dejarnos llevar por estereotipos manidos sobre colectivos infrarrepresentados históricamente. El factor humano necesario, en este caso, sería el mismo que movió a Mandela a crear nexos en un grupo: reconocer al otro. 

No estamos hablando de una quimera o una utopía. En países de nuestro entorno como Italia y Portugal se ha destinado una inversión sin precedentes en las últimas décadas para convertir los espacios educativos públicos en entornos inclusivos que acogen a todo tipo de menores como proyección de un derecho crucial de la infancia: el derecho a vivir juntos, a convivir, con toda la riqueza etimológica de esta palabra. 

El mapa existente de centros de educación especial, que sigue expandiéndose por nuestra geografía, representa una sangrante anacronía escolar cimentada sobre el pilar de la injusticia distributiva, ya denunciada por las Naciones Unidas en el caso de España. Aún así, determinadas políticas regresivas en las que la escuela pública no ha hecho sino sufrir desavenencias de una sociedad cada vez más polarizada representan para muchos un modelo parcheado que intenta “amontonar” determinado alumnado con discapacidades en aulas ordinarias, simplemente porque no se invierte lo necesario para hacer realidad un requerimiento legal y naturaleza ética: la educación inclusiva para todos y todas. 

En este caso, el factor humano que ha representado conquistas sociales para colectivos estigmatizados en la historia —derechos que se pensaban inalcanzables— da paso, en su envés, a la inacción política e institucional que lleva a no movilizar el despliegue preciso para que cada niño o niña tenga lo que necesita junto a sus iguales en una escuela ordinaria (no debería haber otra forma de entender la escuela). Porque, al final, como en otros avances, se trata de eso: de voluntad humana y convicción ideológica para hacer de la educación el pilar del Estado del Bienestar. Se trata del factor humano.

En un momento en el que nuestra ley educativa marco establece el rumbo hacia la accesibilidad universal como principio, en su desarrollo práctico los casos de inclusión educativa siguen siendo aislados. El espíritu reivindicativo de los Movimientos de Renovación Pedagógica que clamaban hace décadas por un armazón escolar robusto que pudiera dar respuesta a la diversidad de los estudiantes sin necesidad de sobrecargar en sus funciones al cuerpo docente ha dado paso a un estadio de resignación en el que muchas familias asisten a la violencia estructural e institucional que relata la historia de un derecho negado. 

«Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma». Para hacer realidad el final del poema de Henley no puede perderse de vista esta premisa, rescatada en el libro Reconocer la diversidad (Octaedro, 2018), de Ignacio Calderón y Paula Verde: “el destino de los niños y niñas no debería depender de la suerte; el respeto a sus derechos humanos no puede ser opcional o arbitrario”.

Ahí es donde cobra sentido mantener vigente esa escuela del factor humano que siempre, como demuestra la historia que llega desde Sudáfrica y otros muchos puntos, ha sido capaz de cambiar el mundo. 

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