En el libro Too Much to Know: Managing Scholarly Information Before the Modern Age (2010), su autora Anne Blair recoge la preocupación de muchos intelectuales de los siglos XVI y XVII ante los excesos de la imprenta y sus consecuencias nefastas en la propagación descontrolada de libros.
Esta situación, al parecer, provocaba la pérdida del control sobre los contenidos y la dificultad para distinguir el conocimiento fiable del erróneo. Ante esta reacción académica, evidentemente con el tiempo y por el resultado que vemos hoy no se prohibieron los libros, sino que se fueron desarrollando nuevas competencias para la sociedad basadas en la lectura crítica, el contraste de fuentes y la validación del conocimiento. El exponente más claro es lo que ocurrió, décadas más tarde, con la Ilustración.
La colosal cantidad de datos procesados por la IA que vemos hoy, como la de libros en su tiempo, también podría considerarse “confusa y perjudicial”. Con esas palabras está documentado el testimonio de un erudito suizo, Conrad Gesner, que se quejaba del riesgo de la proliferación de ediciones impresas ya en el siglo XVI.
En los inicios del XXI, cuando se empezó a expandir Internet, los defensores argumentaban, entre sus virtudes, que el conocimiento dejaba de estar concentrado en expertos y pasaba a estar disponible para un público mucho más amplio. En cierto modo, suponía un gran avance en la democratización del saber, como mismo lo fue la imprenta siglos atrás. Pero, ¿qué ha ocurrido tiempo después? ¿Qué pasa en la actualidad con esta especie de aquelarre a la IA en la escuela?

No pretendo negar que llevamos algunas décadas viendo los efectos perniciosos de la sobreinformación, la digitalización y los excesos que supone que cada chaval tenga acceso a un dispositivo electrónico desde pronto. Pero eso es una cosa y otra es seguir chocando contra un muro si no somos capaces de lograr que la IA se integre ética y pedagógicamente en la escuela. Porque, por mucho que miremos hacia otro lado y sigamos demonizándola, nuestros chicos y chicas están creciendo con ella y la están metiendo en sus vida a una velocidad vertiginosa, como nosotros en la nuestra.
Planteo aquí, por lo tanto, la necesidad imperiosa de adaptar la enseñanza, el aprendizaje y la evaluación a estos tiempos de la inteligencia artificial. ¿Se puede hacer desde el rigor, la veracidad y la responsabilidad? Yo creo que, con paciencia, sí. Paso a continuación a plantear algunas propuestas que tampoco es que sean ninguna novedad, pero sobre las cuales considero que debemos pararnos a pensar en los centros escolares.
No creo que nadie discuta que algunos objetivos compartidos en cualquier centro escolar podrían ser promover un uso ético, crítico y responsable de la inteligencia artificial, garantizar la validez, objetividad y fiabilidad de los instrumentos de evaluación más habituales y establecer ciertos criterios comunes para no confundir a nuestros estudiantes. Se trata de seguir avanzando en sus competencias digitales, y la integración progresiva de la IA en algunas tareas es una excusa estupenda para seguir progresando en ello.
La gran conversación que yo mantendría con mi alumnado sin tapujos se articula en torno a la idea de que la IA es una herramienta de apoyo al aprendizaje.
No es malo utilizarla para resolver dudas, organizar información, generar esquemas o mejorar producciones propias, siempre que los docentes lo autoricemos con ciertas condiciones en la realización de una actividad. A partir de esa premisa, debemos derivar a otra idea clave: el uso de la IA no debe sustituir al razonamiento personal, al pensamiento crítico y por supuesto a la autoría de los trabajos.
Para resolver todos estos dilemas, planteo como solución tres posibles niveles de incorporación de la inteligencia artificial a nuestras rutinas escolares, que por supuesto pueden adaptarse según el contexto. Un primer nivel (0) de uso no permitido: ahí entraría desde un examen hasta cualquier otra actividad que se haga en clase bajo la supervisión del docente donde queremos comprobar si domina autónomamente ciertas habilidades. Un siguiente nivel (1) permitiría un uso instrumental autorizado: buscar información, elaborar esquemas o borradores, corregir algún aspecto del estilo, organizar contenidos, etc. Un último nivel (2) sería el que posibilite el uso pedagógico integrado de una herramienta de IA. Se trata de actividades que generaremos de forma específica para analizar respuestas generadas por una aplicación de IA, detectar errores, sesgos o limitaciones, comparar fuentes, revisar y mejorar productos, etc.
Si permitimos su uso, debemos pedirle a nuestros estudiantes que sean transparentes en el proceso de elaboración del trabajo: desde indicar qué herramienta han usado hasta con qué finalidad, pasando por valorar cuál ha sido su grado de intervención en el resultado final (de paso, favorecemos la autoevaluación).

Dicho en pocas palabras: ¿planteo en clase una tarea, prueba, trabajo o actividad? Indicaré siempre qué nivel de uso de la IA es el que establezco (1, 2 o 3). Las condiciones las pone siempre el docente, el especialista, quien debe determinar qué aprendizajes, destrezas o competencias desea que el alumnado adquiera en todo momento según lo que vaya pautando.
Y ya por último, es conveniente que cada docente predique con el ejemplo. Si vamos a diseñar actividades, materiales o instrumentos con la IA, es positivo que se lo indiquemos al alumnado, que les expliquemos el camino que hemos seguido, que seamos cautos a la hora de introducir datos y que, por supuesto, revisemos bien los contenidos generados antes de su uso.