Ayer leía en el periódico El País esta noticia que me dejaba un poco sorprendido no por su contenido, sino por los comentarios que ha generado.
En muchos de ellos, los lectores de este medio discuten no sólo si fue apropiado suspender las actividades festivas previstas por Halloween de nuestros colegios e institutos (la mayoría coinciden en que sí), sino más el hecho de que una celebración así se organice en nuestras aulas, y por qué se hacen tantas actividades lúdico-festivas en nuestro mapa escolar.
“En los colegios ya no se estudia, todo son fiestas”. La afirmación suele escucharse mucho, y se parece a muchas de las opiniones comentadas a partir de la noticia. ¿Realmente es así? ¿Se celebran demasiadas fiestas en nuestros centros educativos o estamos ante una sesgo amplificado por determinados discursos sociales?
La primera obligación de quien quiere analizar esta cuestión con rigor es distinguir entre percepción y realidad. El calendario escolar español supera habitualmente los 170 días lectivos. Si nos vamos al conjunto, normalmente las celebraciones ocupan una parte reducida del tiempo escolar. Incluso cuando una actividad supone una mañana completa, su peso sobre el total del curso resulta escaso. La imagen de un sistema educativo convertido en una sucesión de fiestas puede discutirse, aunque reconozco que hay que analizar cada caso concreto, puesto que es determinante desde la etapa (no es lo mismo Primaria que Bachillerato) hasta la naturaleza del centro (público o privado).

Tampoco me parece honesto despachar el debate diciendo simplemente que “no hay problema”. Reconozco que en mi centro semanalmente se lanza un calendario de actividades de la siguiente semana para que cada docente pueda planificar su docencia. Impacto hay, por lo tanto, en el día a día. La cuestión verdaderamente importante me parece que no es cuántas fiestas se celebran, sino para qué se celebran.
La legislación educativa lleva décadas insistiendo en que la escuela no debe limitarse a transmitir conocimientos académicos. Debe contribuir al desarrollo integral del alumnado, la formación en valores, la convivencia democrática, el respeto a la diversidad cultural y el ejercicio de una ciudadanía responsable. Los objetivos del sistema educativo no se reducen a aprobar exámenes. Incluyen aprender a convivir, cooperar, participar y construir comunidad. Reitero que no es una opinión esto que acabo de plantear: es la norma.
Desde esta perspectiva, determinadas celebraciones tienen su sentido pedagógico. El famoso Día de la Paz, por ejemplo, puede servir para trabajar la resolución pacífica de conflictos. El día de cada comunidad autónoma permite acercar al alumnado al patrimonio cultural propio. Las actividades vinculadas a la igualdad, la inclusión o los derechos de la infancia ofrecen contextos reales para reflexionar sobre cuestiones que difícilmente podrían abordarse de forma teórica.
Ahora bien, que una actividad tenga potencial educativo no significa que siempre se aproveche adecuadamente. Aquí aparece la gran cuestión incómoda: no todas las celebraciones escolares tienen la misma profundidad pedagógica. Algunas se convierten en auténticas experiencias de aprendizaje; otras corren el riesgo de quedarse en una sucesión de disfraces, manualidades, coreografías y fotografías para redes.
Y es en este punto donde la discusión trasciende el ámbito educativo para convertirse en una reflexión sobre la sociedad en la que vivimos.
Estamos en una época caracterizada por la aceleración permanente. Todo debe ser rápido, atractivo, emocional y compartible. El capitalismo contemporáneo no solo vende productos; vende experiencias. La lógica del consumo se ha infiltrado en prácticamente todos los ámbitos de la vida, incluida la educación. Existe una presión constante por convertir cualquier acontecimiento en un evento llamativo, visualmente atractivo y emocionalmente intenso. Y la escuela no es inmune a esta tendencia.
Sí, en la escuela a veces hemos sustituido la profundidad por la espectacularidad. Cuando hemos dedicado más tiempo a preparar la decoración de una celebración que a reflexionar sobre su significado, algo ocurre. ¿Por qué hemos llegado a medir el éxito de una actividad por la cantidad de fotografías obtenidas, la repercusión que genera entre las familias o por su éxito en Instagram cuando lo que deberíamos valorar es qué han aprendido los alumnos?
No me parece casual que algunas de las festividades que más crecen en los centros educativos proceden de tradiciones convertidas en fenómenos comerciales globales. Halloween constituye un ejemplo evidente. Más allá de cualquier valoración cultural, resulta difícil ignorar el enorme componente de mercado que acompaña a determinadas celebraciones. La pregunta educativa no debería ser si celebrarlas o prohibirlas, sino cómo abordarlas críticamente.

La escuela tiene una responsabilidad fundamental: enseñar a comprender el mundo, no solo a participar en él. Si, por ejemplo, nuestros chavales celebran Halloween, conviene que entiendan también los mecanismos culturales y económicos que explican su expansión. Si participan en campañas solidarias, deberían reflexionar sobre las causas de las desigualdades. Si conmemoran fechas históricas, tendrían que analizar los valores y conflictos que representan, como parte de la recuperación de la memoria colectiva.
El debate sobre las fiestas escolares es también un debate sobre el modelo de persona que queremos formar.
¿Queremos alumnos capaces únicamente de acumular información? Probablemente no. ¿Queremos ciudadanos que solo busquen entretenimiento constante? Tampoco. La educación debe encontrar un difícil equilibrio entre el conocimiento, la reflexión crítica, la convivencia y el desarrollo personal.
Para cerrar con algo de optimismo, yo sí creo que las celebraciones pueden contribuir a ese equilibrio si las integramos en un proyecto educativo coherente. Pueden generar sentimiento de pertenencia, fortalecer vínculos entre estudiantes y docentes, hacer visible la diversidad cultural y ofrecer experiencias que completen los aprendizajes académicos.
Pero lo que no podemos es convertir cada semana en una efeméride y cada actividad en un espectáculo ruidoso. La escuela de hoy también está necesitada de espacios de silencio, esfuerzo, lectura, pensamiento y concentración.
Por eso la pregunta inicial quizá la planteé mal. La cuestión no es si celebramos muchas o pocas fiestas en nuestros colegios e institutos. La verdadera pregunta es si cada una de esas celebraciones tiene un propósito educativo claro y ayuda a formar personas más cultas, más libres, más críticas y más capaces de comprender la sociedad en la que viven.
Interesantes palabras. Un debate que debe servir para lograr una mejora en el proceso educativo. En mis 4 décadas dedicadas a la docencia he vivido diferentes etapas y en las últimas he observado una cierta rivalidad entre los centros educativos. A través de las redes sociales he notado algo como: nuestra celebración ha sido mejor que la de ustedes. Ese afán de ser mejor que el otro puede ser perjudicial. Lo mismo pasa con el alumnado, unos con atuendos de varios centenares de euros y otros con solo una pintada en su rostro, porque solo tenía un euro para la celebración de esa actividad.