Yo confieso: haber recibido un modelo de enseñanza de hace casi medio siglo no me ha salvado de algún que otro mal hábito gráfico.
Uno muy llamativo es que tengo una dificultad específica consistente en la sustitución automática en ocasiones de la «b» minúscula por la mayúscula en escritura manuscrita. Aunque sea un aspecto más de tipo grafomotor que de desconocimiento de la norma, años y años de estudio, de lectura y de escritura no me han ayudado mucho a eliminarlo.
La polémica sobre las muchas faltas de ortografía en las oposiciones docentes reaparece cada cierto tiempo, y este verano lo ha vuelto a hacer. Como mi lapsus sobre la B, son curiosidades que llaman la atención: una falta o un error gráfico es algo visible e inmediato.
Pero que el debate se quede atrapado en ese detalle nos lleva a perder de vista algo mucho más importante. La cuestión no es solo cuántas faltas comete un aspirante, sino qué estamos evaluando realmente cuando seleccionamos a quienes van a educar a las próximas generaciones. Y, sobre todo, si nuestros sistemas de acceso, con sus pruebas y temarios obsoletos, están alineados con lo que hoy significa ser docente.
¿La ortografía importa? Por supuesto. Es parte de la competencia comunicativa y revela cuidado, precisión y dominio de la lengua.
Pero la profesión docente es mucho más que escribir sin errores. La escuela del siglo XXI es un espacio diverso, digitalizado, emocionalmente complejo y socialmente exigente. En ella conviven alumnado con necesidades muy distintas, familias con expectativas variadas, equipos docentes que deben coordinarse y una administración que pide resultados. Ser maestro hoy implica enseñar, acompañar, mediar, escuchar, adaptar, crear, evaluar y aprender de manera continua. Y sin embargo, el acceso a la profesión sigue dependiendo en gran medida de pruebas que valoran sobre todo la capacidad de redactar y recordar bien.

Esta desconexión genera una paradoja evidente: pedimos docentes del siglo XXI, pero los seleccionamos con herramientas del siglo XX. Las oposiciones han incorporado elementos nuevos, no digo que no, pero el corazón del proceso continúa siendo un examen escrito donde una falta puede pesar más que una propuesta metodológica pobre, una visión limitada de la inclusión o una comprensión superficial de la evaluación formativa. Un aspirante puede cometer una falta y ser un docente extraordinario, igual que puede escribir impecablemente y no saber gestionar un aula, atender a la diversidad o conectar con su alumnado. La ortografía es un síntoma, pero no es el diagnóstico.
Si preguntáramos a cualquier familia qué esperan de un buen docente, probablemente hablarían de aprendizaje, seguridad, motivación, acompañamiento y respeto. Y si preguntáramos a los docentes qué necesitan para hacer bien su trabajo, mencionarían formación pedagógica sólida, competencia digital, capacidad de gestionar la convivencia, sensibilidad hacia la diversidad, trabajo en equipo y apoyo institucional. Nada de esto se mide contando faltas, ni se detecta en un examen escrito.
Por eso la noticia veraniega sobre las faltas, aunque sea llamativa, debería servir para abrir un debate más profundo: cómo debería ser un sistema de acceso que realmente seleccionara a los mejores docentes. Quizá deberíamos explorar pruebas de desempeño real, donde el aspirante demuestre cómo enseña, cómo explica, cómo gestiona un conflicto o cómo adapta una actividad. También evaluaciones situacionales que permitan ver cómo piensa y decide ante problemas reales de aula. Entrevistas profesionales rigurosas que valoren la ética, la comunicación y la capacidad de trabajar en equipo. Prácticas tutorizadas evaluables, como ocurre en otros países. Y una valoración seria de las competencias digitales, no como un añadido, sino como parte central del perfil docente. Todo ello acompañado de menos peso de la memorización y más peso de la capacidad de aplicar, reflexionar y transformar.

No se trata de restar importancia a la ortografía o a la correcta grafía. Está claro que un docente tiene que contar con un mínimo de corrección ortográfica y gramatical, y preocuparse si no la tiene (yo sigo con mis complejos cuando no me doy cuenta y escribo “B” en mayúscula en vez de “b” minúscula en medio de una palabra, aunque ya lo haga menos). Pero sí que creo que hay que poner todo esto en su sitio. La excelencia docente no se mide sólamente por un puñado de faltas, sino por ese puñado de aciertos que sostienen la escuela cada día: la paciencia, la creatividad, la empatía, la capacidad de explicar lo difícil, la habilidad para detectar lo invisible o la voluntad de acompañar a quienes están aprendiendo a ser quienes serán. Las faltas importan, pero importan más las presencias: la presencia del maestro que inspira, que escucha, que guía y que motiva.
Quizá esta polémica sea una oportunidad para mirar más allá de la superficie y preguntarnos si con procesos como los de este año estamos seleccionando a quienes realmente pueden construir la educación que queremos. Porque, al final, lo que define a un buen docente no es la ausencia de errores, sino la presencia de todo aquello que hace que un alumno aprenda, crezca y se sienta acompañado.
Estimado amigo, de acuerdo con lo que has comentado. LLevo toda la vida dedicada a la docencia y el proceso de selección estimo también que no es el acertado. No es fácil lograr uno perfecto pero lo que propones se acerca mucho. Saludos.