Educar en los límites

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A partir de algunos sucesos recientes y de algunas conversaciones sobre ellos, vuelvo a la idea siempre recurrente de lo necesario que es educar a las nuevas generaciones en los límites.

Si esa idea vuelve continuamente al debate público o privado, tal vez sea porque el dilema que encierra no ha sido resuelto. Y una sociedad crítica consigo misma es la que es capaz de reflexionar sobre ello.

Algún lector puede pensar que la necesidad de educar en los límites es una forma de regreso nostálgico a un pasado que, efectivamente, no fue mejor. Hay quien lo entiende como una vuelta a la disciplina rígida, frente a lo promulgado por las nuevas pedagogías.

Sin embargo, yo veo la educación en los límites como una condición imprescindible para que la libertad sea algo más que un eslogan. Victoria Camps, por ejemplo, en su ensayo La sociedad de la desconfianza (2025), lo recuerda con lucidez: la libertad no es espontánea, se aprende. Y para aprenderla, hacen falta límites que orienten y sostengan.

Vivimos en una sociedad que ha confundido la autonomía con la ausencia de obstáculos. Se celebra la espontaneidad, se teme la frustración de los niños y se sospecha del principio de autoridad. En ese clima, poner límites se interpreta a menudo como un gesto autoritario. Pero la educación no puede renunciar a su responsabilidad formativa. Tiene que ofrecer un marco, un sentido y un horizonte. Sin límites, no hay camino; y sin camino, no hay libertad.

No veo los límites como muros, sino como bordes que permiten avanzar sin caer. Son la estructura mínima para que un joven explore sin perderse, para que un adolescente disienta sin perder los papeles y, por ende, para que un adulto conviva sin imponerse. No hablo de prohibir por prohibir, sino de enseñar a elegir.

Es cierto que las nuevas pedagogías han aportado algo valioso: nos han recordado que el aprendizaje y la motivación nacen del interés. Han puesto el foco en la experiencia, el entorno, la creatividad. Ahí resuenan los ecos de los orígenes de la Institución Libre de Enseñanza y, por ejemplo, de Giner de los Ríos.

Es absurdo despreciar ese legado, pero ninguna pedagogía puede funcionar si renuncia a los límites. Por ejemplo: la libertad metodológica no puede confundirse con la ausencia de una planificación seria, ni la autonomía del estudiante puede convertirse en el abandono del rol clave que tiene el docente como transformador.

Educar en los límites significa integrar lo mejor de ambos mundos: la apertura de las nuevas pedagogías y la claridad ética de una tradición que sabe que la libertad se construye. Significa reconocer que el aprendizaje necesita un marco, aunque ese marco pueda dialogarse, compartirse y revisarse. La autoridad no es imposición, sino referencia. Y las normas, cuando son justas y comprensibles, no oprimen: liberan.

La psicología moral lleva décadas explicándolo. Piaget y Kohlberg mostraron que la autonomía no surge de la nada, sino de un proceso que comienza en la heteronomía: primero obedecemos porque alguien nos lo pide; después, porque entendemos el sentido de lo que hacemos. Ese tránsito —del “porque lo digo yo” al “porque lo asumo”— sigue siendo el corazón de la educación. Y, para ello, se necesitan límites claros, coherentes y sostenidos en el tiempo.

Creo que vivimos una era de abundancia de miedos.

Miedo a frustrar, a exigir, a dejar que nuestros seres queridos se equivoquen. Está especialmente extendido el miedo a no tener razón. Pero educar siempre ha sido un acto de valentía: requiere sostener decisiones impopulares, mantener criterios cuando sopla el viento en contra, resistirse a lo cómodo.

Educar en los límites no es endurecer la escuela, sino hacerla más humana. Es reconocer que la libertad sin responsabilidad degenera en capricho. La convivencia necesita reglas: razonables, flexibles, democráticas, sí; pero también autoridad. No una autoridad que se impone, sino una que se ejerce con coherencia y respeto.

En un tiempo marcado por la desconfianza, recuperar el valor de los límites es casi un acto de resistencia. No se trata de volver atrás, sino de detenerse un momento para tomar impulso y avanzar con sentido.

Quizá la pregunta no sea si los límites son necesarios. Casi todos sabemos que lo son. La cuestión es qué límites queremos construir. A mí me importan los que enseñan a vivir con otros sin renunciar a uno mismo.

Por ello, pienso que educar en los límites es la mejor manera de educar para la libertad. Porque la libertad hay que aprenderla, y se aprende en relación, en la resolución del conflicto como oportunidad de aprendizaje, en la asunción de responsabilidades, en las consecuencias. Una libertad que no se improvisa, que no se hereda sin más y que no se decreta.

Quizá ahí esté la clave, en algo que a menudo olvidamos en las conversaciones educativas: educar en los límites es cuidar el presente de quienes aprenden y el futuro de quienes seremos. Cuidar la convivencia y la dignidad, de la que tan poco se habla.

Cuidar, en definitiva, la posibilidad de una sociedad que no renuncie a la libertad, pero tampoco a los límites que la hacen posible.

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