Lo que el máster del profesorado sí enseña (y lo que no puede enseñar)

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Si uno se dedica a la educación, hay una frase que vuelve una y otra vez en los pasillos y salas de profesores: el Máster de Formación del Profesorado no enseña realmente a enseñar.

Se repite con frecuencia que la verdadera formación llega después, cuando uno entra en un aula de verdad, con estudiantes, conflictos e imprevistos. Que es la práctica la que moldea al docente. Frente a eso, la teoría del máster suele parecer un andamiaje abstracto, lejano a la vida del aula. En mi experiencia, este asunto aparece cada año en las conversaciones con el alumnado que llega con ilusión para realizar sus prácticas.

Esta idea hunde sus raíces en una intuición muy antigua: el saber práctico no se transmite como una fórmula, sino como un modo de estar en el mundo. Aristóteles lo expresó con claridad: el ethos no se enseña, se adquiere. No es un conocimiento que se deposita en la cabeza, sino un hábito que se cultiva en el cuerpo. Uno no se vuelve justo por memorizar definiciones de justicia, sino por practicar actos justos. No se aprende a ser valiente leyendo sobre la valentía, sino enfrentando el miedo. Por extensión, es lógico pensar que tampoco se aprende a enseñar solo estudiando teorías pedagógicas, sino, sobre todo, enseñando.

Victoria Camps, en La sociedad de la desconfianza (2025), lo formula desde otro ángulo: las costumbres se forman por contagio, por inmersión en un clima, por imitación de quienes ya habitan ese oficio. Nadie aprende a ser docente en soledad. Se aprende mirando cómo otros gestionan un conflicto, explican un concepto difícil, sostienen una mirada, se equivocan y rectifican. La enseñanza es un arte que se transmite por proximidad, como los oficios artesanales: observando, probando, fallando y repitiendo.

Pero sería un error concluir de ahí que el máster no sirve para nada. Lo que ocurre es más complejo. El máster ofrece un lenguaje, un marco, una brújula, eso que otras veces he llamado conocimiento pedagógico, pero no puede ofrecer experiencia. Ahora bien, la experiencia por sí sola tampoco basta si no se piensa, si no se interpreta, si no se articula con un horizonte ético y pedagógico. La práctica sin teoría corre el riesgo de convertirse en rutina; la teoría sin práctica, en retórica vacía. No se trata de elegir entre una y otra, sino de comprender cómo se entrelazan.

Quienes hemos sido tutores de este alumnado podemos corroborarlo: la fase de prácticas del máster es, para muchos, el primer contacto con una verdad elemental. Enseñar es un acto profundamente humano, lleno de incertidumbre, improvisación y decisiones morales. En ese choque entre lo aprendido y lo vivido se revela la distancia entre el aula ideal y el aula real. Y es precisamente ahí donde empieza a nacer el docente. No porque la teoría falle, sino porque la realidad es más rica, más ambigua y más resistente a los esquemas.

Quizá el problema no sea el máster en sí, sino la expectativa de que pueda producir docentes acabados.

Esta idea me parece clave y debería repetirse más en las facultades de Educación. La docencia es un oficio que se aprende siempre a medias, que exige revisarse, dejarse afectar y seguir aprendiendo. El máster puede ofrecer fundamentos, preguntas, referencias e incluso buenas herramientas, pero el oficio se forja en el encuentro con los alumnos, en la convivencia con un claustro, en la cultura de un centro y, por supuesto, en la formación permanente.

Y aquí aparece un elemento decisivo: el clima profesional en el que se inserta el futuro docente. Si las costumbres se transmiten por contagio, como dice Camps, entonces el entorno importa tanto como el contenido del máster. Un centro que cuida, acompaña, conversa y reflexiona colectivamente, que acoge al recién llegado y comparte prácticas, es un lugar donde el aprendizaje profesional florece. Si, en cambio, reina el individualismo, la queja crónica o la desconfianza que también se reproduce en redes sociales, se contagiarán hábitos muy distintos.

Por eso, cuando volvamos a escuchar en los pasillos eso de “el máster no sirve”, conviene preguntar: ¿qué esperamos exactamente de él? ¿Que nos dé recetas? ¿Que nos convierta en expertos? ¿Que nos prepare para todas las situaciones posibles? Eso es imposible. Lo que sí puede hacer, cuando está bien diseñado, es dotar de un marco ético, pedagógico y reflexivo para interpretar la experiencia. Porque la experiencia, sin interpretación, no enseña: solo se repite.

La enseñanza es un oficio que se aprende viviendo, sí. Pero también pensando lo vivido. Ahí es donde la teoría cobra sentido: no como un manual de instrucciones, sino como una luz que permite leer la realidad con profundidad. El máster no forma docentes perfectos, pero puede abrir un camino. La práctica no garantiza sabiduría; ofrece materia prima. El docente nace de la combinación de ambas y de algo más difícil de nombrar: la disposición a dejarse transformar por el propio oficio.

Quizá, al final, la pregunta adecuada no sea si el máster enseña a enseñar, sino qué tipo de profesional nos enseña a ser: uno que repite lo que ha visto sin cuestionarlo o uno que convierte cada experiencia en una ocasión para comprender mejor el sentido de educar. Porque enseñar no es aplicar técnicas, sino encarnar un modo de estar con otros.

Y eso, como descubre cualquier docente en su primer año, solo se aprende viviendo, pero no solo viviendo.

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