La película El 47, dirigida por Marcel Barrena y que cuenta con el mayor número de nominaciones para los Goya de este año, retrata una historia real de éxodo migrante.
Reproduce también la construcción del barrio de Torre Baró, en el distrito de Nou Barris de Barcelona, a través de la dedicación y esfuerzo de clases trabajadoras provenientes de diversos lugares de España en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, expulsados por el franquismo.
En el filme se hace un recorrido en torno a la idea de cómo el barrio se va edificando en su totalidad a partir de la llegada de sus servicios esenciales: el agua potable, la luz eléctrica, unas viviendas mínimamente dignas, el pavimento y el transporte público, aspecto este último central en el argumento. Aunque pase un poco más desapercibido, tiene un hueco especial en El 47 el retrato de universalización de la educación como bien común del barrio, que cobra vida en la incesante lucha de Carmen Vilà, esposa de Manolo Vital, por la alfabetización vecinal.
La contribución de Carmen a la formación en lectura y escritura sobre todo de niños, niñas y mujeres del barrio, en un barracón usado como aula, es digna de rescate. Demuestra que los grandes movimientos sociales de transformación histórica (y el caso de Torre Baró es uno de ellos) se gestan en lo que simboliza la construcción de una escuela en cualquiera de nuestros barrios y pueblos alejados, muchas de ellas unitarias que acaban en el olvido o el descuido de los gobernantes.
El acondicionamiento de una chabola aledaña de las casas del pueblo como colegio para acoger a los hijos e hijas de los obreros de Torre Baró nos lleva a preguntarnos por qué los proyectos colectivos que crean conciencia social dejan de estar en la agenda pública. Permanecen muchas veces invisibles en la consecución de un proyecto común que nos una frente a los separatismos que nos invaden por doquier.
A este incógnita contribuyen también otros episodios de la película que pueden abrir interesantes debates, como la oposición de una de las familia del barrio a que su hija pequeña fuese al colegio porque debía trabajar en su casa, o las conversaciones del matrimonio Vital con su hija en busca del despertar de su conciencia de clase, tan necesaria hoy en día.
Desde una posición inclusiva y lo más integradora posible, el asunto de la accesibilidad en el barrio de Torre Baró se convierte en un factor clave para entender cómo nuestro sistema de derechos fundamentales y libertades se asienta en lo que transmiten los pequeños colegios públicos de nuestros barriadas como servicio esencial por el que también luchar desde el movimiento vecinal: la muestra del afán por que todo llegue a todos, especialmente a los colectivos con más riesgo de marginación. Ello se materializa en la metáfora del autobús en la película, símbolo de las conquistas colectivas de la clase obrera, como lo puede ser la escuela pública, gratuita y universal en un Estado de derecho.
Cualquier mañana de un frío invierno en que los niños y niñas llegan al colegio del barrio y se sientan en tarimas, de igual a igual, para debatir en una asamblea de aula, nos recuerda el legado que nos dejaron quienes hace décadas lucharon por la democracia por medio de la escucha, el activismo y su capacidad de compromiso.a través del pensamiento crítico. En eso, la infancia de la escuela nos da una lección cada día a una población adulta actual fracturada por el daño de continuas batallas ideológicas. Una lección como las que nos dio la lucha vecinal de hace décadas por mejorar las condiciones de vida de unos pueblos hoy también en muchos casos ahogados por el urbanismo.
Nuestros valores democráticos, aparentemente sólidos y asentados en la Constitución, se tambalean por momentos ante la quiebra que provocan los populismos.
Por ello, creo que es el momento de prestar mucha atención a lo que nos aporta cualquier pequeño colegio público como punto de encuentro. En ellos se miran a la cara los vecinos, no sólo sus niños y niñas, como ejemplo de civismo, pluralismo y búsqueda de soluciones ante cualquier problema que afecta a su escolarización, sino también en otros foros: desde asambleas de asociaciones de familias a las reuniones de órganos colegiados de participación para solventar cualquier cuestión relacionada con la enseñanza.
Los momentos de las entradas y salidas de esos colegios, si uno los observa bien, pueden ser una buena muestra de ello. En los diálogos que entablan las familias sobre los hechos cotidianos que los rodean, se ve un ejemplo de lo que es el intercambio democrático: ser capaces de entablar conversaciones cargadas de distintas interpretaciones de la verdad en donde, al final, lo importante es el encuentro, el ser capaces de retomar y mantener el contacto, el coexistir sin resultar ser un enemigo ni un sospechoso. El ser, en definitiva, uno más con algo que contar.

En uno de los capítulos del libro Utopías cotidianas (2024), de Kristen Ghodsee, la autora recupera la labor del profesor y político tanzano Julius Kambarage Nyerere, referente histórico del movimiento de descolonización africano en el siglo XX. El que fuera apodado como “Mwalimu” (“maestro”, en lengua suajili), construyó la unidad de su nación mediante el fortalecimiento de la educación que proporcionaba el Estado. Sus colegios eran al mismo tiempo granjas y talleres en donde se instruía en conocimientos teóricos y manuales enfocados siempre al bien de la colectividad. La educación, para Nyerere, debía “preparar a nuestros jóvenes para desempeñar un papel dinámico y constructivo en el desarrollo de la sociedad”. Sobre la educación pública se fundaba todo lo demás.
Los colegios de los pueblos alejados de hoy nos ayudan a mantener la esperanza, cuando vemos a sus estudiantes ser parte activa por ejemplo de consejos municipales de la infancia a pesar de la distancia. O cuando nos percatamos de que permiten forjar jóvenes muy vinculados con su entorno, ya que se educan estrechamente junto a la panadería del barrio, la farmacia o la tienda de alimentos, con todo lo que ello les enseña en cuanto al conocimiento y respeto por lo que cada cual ofrece a la sociedad.
Todo esto me hace pensar que sí, que por qué no la democracia puede empezar por el valor que tiene ese colegio olvidado que sobrevive a los latigazos del tiempo y que funciona como pulmón de nuestros barrios. Sobrevive para mostrarnos no sólo que los valores democráticos impulsados por los vecinos son los que permiten que ese pequeño centro siga vivo, sino que, en el fondo, todo cobra más sentido si le damos la vuelta:
Cuidemos esos colegios, sus entornos, sus gentes. Cuidemos esas comunidades educativas, donde se crece y se vive. Es también nuestra responsabilidad, individual y colectiva.
Es un artículo precioso y muy necesario. Muchas gracias a su autor y a todas las personas que lo difunden.