Hacia un mundo letrado digital donde no nos engañen

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Cualquier madre o padre teme que a su hijo lo engañen.

Esto no es nuevo ahora, algo que haya surgido en esta era digital: si a cualquier persona vulnerable de nuestro entorno le ocultan la realidad, se la falsean o se la distorsionan, estarán tocando también nuestros principios morales que nos dictan que la manipulación y el engaño son armas incapacitantes. Unas armas que empobrecen las relaciones y nos hacen desconfiar, aún más, de quienes nos rodean. 

En la actualidad, las formas de la mentira se han multiplicado, y se pone en quiebra así la sociedad del bienestar e incluso muchos valores democráticos. La proliferación de los medios de comunicación de masas, de Internet y de los avances en Inteligencia Artificial articulan un nuevo orden mundial. Una gobernanza algorítmica en la que el propósito político, comercial, periodístico o simplemente lúdico impulsa una amalgama de productos discursivos variados; poco filtrados y plagados de datos falsos o, simplemente, de una interpretación maliciosa de la realidad. 

El nuevo peligro de nuestro tiempo es ese mundo digital donde buscan engañarnos un día sí y otro también. Por eso, nuestras calles, plazas, comunidades, escuelas y, sobre todo, nuestros lugares comunes en Internet, han dejado de ser “espacios fiables” en lo que a información se refiere, sobre todo cuando no se tiene una alfabetización tecnológica y comunicativa básica. Y han dejado de ser fiables porque se alimentan de la desesperanza esparcida por unas redes sociales que en otro tiempo surgieron como canales de colaboración y apoyo, pero que ahora se han convertido en cámaras generadoras, de forma masiva, no ya de eco, sino de noticias falsas que distorsionan la verdad.

Si antaño los periodista cumplían el importante papel social de formar e informar, ahora su trabajo se amplifica, se vuelve más complejo: lo que distingue a un buen profesional de la información o a un buen medio es su capacidad de proteger y defender la calidad y la veracidad de la información profesional, por encima de intereses exclusivamente comerciales o la línea editorial ideológica a la que esté adherido. Hacer una criba, por lo tanto, antes de acceder a informaciones o replicarlas, resulta fundamental en este nuevo mundo letrado digital que precisa ampliar sus conocimientos sobre cómo y por qué en las redes nos comportamos de una determinada manera, y sobre las motivaciones de la viralización de determinadas noticias. 

Cada vez existen más talleres prácticos destinados a enseñar a contrarrestar bulos, actividades que sería conveniente trasladar a nuestros sistemas educativos. Por otro lado, el Estado tiene la misión de divulgar en lenguaje de la calle, a través de sus medios públicos y acciones sufragadas, las crecientes publicaciones sobre desinformación que empiezan a existir de unos años a esta parte. Las administraciones (locales, regionales, nacionales…) son las responsables de hacerlas llegar a la sociedad civil en esta idea más amplia de la cultura.

Cada teléfono móvil, por su parte, debería estar provisto de aplicaciones de verificación de datos y noticias fácilmente accesibles a todo tipo de públicos, al igual que existen mecanismos de control parental o estrategias de bloqueos ante usos inadecuados, según el perfil de usuarios. Todo para desmantelar un complejo entramado en que se ha demostrado que poderosas redes sociales como X (antiguo Twitter) fomentan el abuso político, la división social, la polarización y el arrinconamiento de los moderados.

Un nuevo mundo letrado digital no puede permitir que quienes controlan la renta total mundial además supervisen nuestra forma de comportarnos. No podemos dejar que se vigile como si no pasara nada nuestra manera de actuar, nuestros gustos e inclinaciones, más de lo que antaño se controlaba el mercado casi exclusivamente a través de la publicidad y de la propaganda. Tampoco puede tolerarse que los discursos dominantes en las autopistas de comunicación sean los que profieran el odio y el rechazo a las diferencias, y permanezcamos de brazos cruzados. Todo eso divide, enfrenta o provocan una peligrosa ola de indiferencia, tal y como vemos diariamente. 

Transformar nuestras esferas sociales o domésticas son un elemento clave de una forma de resistencia muy necesitada en la actualidad.

Una resistencia nutrida de la intención firme de construir entre todos una aldea digital verdaderamente común y letrada, donde la sabiduría y el conocimiento estén al alcance de todos. Y si para eso tenemos que cambiar desde la base el modo de convivir en nuestro hábitat cotidiano del medio tecnológico, se hace. Se trata de forjar acuerdos para ponernos manos a la obra.

En un mundo interdependiente, reducir el consumo de bulos que se publican en la red resulta clave para mejorar nuestra vida doméstica y, por lo tanto, ser también más libres y felices. Tiene que convertirse en una nueva prioridad educativa enseñar a los niños a forjar una identidad crítica propia en donde identifiquen lo que buscan esas nuevas formas de autoridad a los que llamamos influencers. Pero para ello hay que conocer antes sus hábitos de consumo y de acceso a fuentes, labor que también podría convertirse en prioritaria en los planes de trabajo de las administraciones públicas del ámbito socioeducativo. 

Diversos estudios nos indican que muchos jóvenes de hoy conocen y siguen el trabajo de diversos creadores de contenidos en la red (sobre todo en TikTok) pero no son capaces de apreciar o conocer la labor periodística, ni de sentir curiosidad por averiguar la fiabilidad del material que consumen. Y esto último es realmente preocupante, porque no estamos siendo capaces de enseñárselo. 

Discernir entre opinión e información o saber cuándo estamos ante una noticia falsa o real son carencias estructurales de un sistema educativo que sigue premiando la repetición mecánica, la memorización y la interiorización de fórmulas algorítmicas básicas sin profundizar en razonamientos complejos o en lecturas críticas, necesario para poder avanzar en esta alfabetización mediática. 

La UNESCO (2012) ya proponía una alfabetización como derecho de todos, que serviría para “fomentar el acceso equitativo a la información y al conocimiento y para promover medios de comunicación y sistemas de información libres, independientes y pluralistas”. Llegó la pandemia y los efectos más exacerbados de la crisis climática, lo que hizo brotar el negacionismo con más fuerza que nunca. A partir de ahí, mientras en determinados países de Europa se empezó a apostar por la implantación curricular de áreas y materias relacionadas con los “media studies”, en España lo hemos dejado todo en manos de la fallida transversalidad, acompañados de una precaria formación inicial docente que sigue anclada en rutinas didácticas del pasado. 

Toca, ante ese panorama, repensar nuestro tiempo. Toca cambiar nuestros hábitos discursivos y prácticas informativas de la forma más decidida posible. Apostar de una vez por todas por esta forma de revolución de un mundo letrado digital donde cada vez sea más difícil que nos engañen

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