Las neolenguas de los discursos de odio: el compromiso de combatirlo en el aula

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Lo lingüístico es político. No podemos combatir los discursos de odio, cada vez más expandidos en nuestras sociedades, si seguimos afanados en chocar contra el muro de la aparente neutralidad ideológica en el trabajo de analizar la comunicación oral o escrita, que es labor del profesorado sobre todo de lenguas. 

Todo es intencionado. Nada es neutral ni apolítico. En uno de los episodios de la reciente serie televisiva dedicada al diseñador de Cristóbal Balenciaga se nos muestra su etapa en París en plena ocupación de las tropas de Hitler. Un momento álgido del capítulo lo constituye la intensa discusión entre el modisto de origen vasco y su socio, Nicolás Bizcarrondo, cuando las autoridades nazis prohíben a la maison de alta costura que siga utilizando sombreros grandes y llamativos: lo consideraban un desafío a la austeridad que el régimen estaba imponiendo al pueblo francés. “¿No te das cuenta de que todo es política? ¡Hasta un sombrero es política!”, le dice el empresario republicano a Balenciaga. 

Las neolenguas son instrumentos de manipulación ideológica nacidos para propagar el pánico moral y el miedo ante lo que nos es ajeno. Un ejemplo claro es la polarización de la opinión pública en torno al debate sobre la inmigración, y cómo determinadas voces mediáticas marcan el compás ideológico con giros lingüísticos enrevesados para llevar la conversación hacia la confusión y el rechazo. Expanden para ello expresiones convincentes para vender verdades absolutas y enfrentar a quienes piensan diferente. Todo un manual de pragmática lingüística contrario a los códigos democráticos de la comunicación verbal. 

En la inquietante novela distópica 1984, George Orwell demuestra cómo el lenguaje puede usarse como arma para manipular los pensamientos de la población e instaurar nuevos marcos mentales basados en la opresión, entendible hoy en medio de una batalla cultural amplia que afecta a distintas esferas de la sociedad. La neolengua orwelliana es un sistema de planificación gubernamental en el que se impide a los ciudadanos salirse del vocabulario impuesto por el Partido. Estrategias de difusión como los discursos políticos y la traducción de obras literarias van propagando de forma sibilina estos criterios de imposición lingüística y eliminando, a su vez, la condición de los hablantes como librepensadores. Hoy, en el plano educativo lo llamaríamos pensamiento crítico, tan necesario cuando hablamos de democratizar el conocimiento a través de la escuela.

Decía Foucault que “el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello a través de lo cual se lucha, el poder del que se trata de apoderarse”. El filólogo judío Víktor Klemperer, cuando publicó su ensayo La lengua del Tercer Reich en 1947 dio al mundo entero una lección sobre cómo el lenguaje crea realidades, las expande o las distorsiona en función del interés del emisor. ¿Estamos capacitados, en plena era de toxicidad lingüística, bulos y noticias falsas en redes, para convertir en prioridad educativa una necesaria ética pública de la comunicación?

En La (des)educación (2003), mantiene Noam Chomsky que nuestra obligación como educadores es hacer que los estudiantes descubran “la verdad por sí mismos, sin eliminar, por tanto, la información y las ideas que puedan resultar embarazosas para los más ricos y poderosos”.

No podemos frenar la proliferación del odio y el supremacismo si no ensanchamos en las aulas el debate abierto, sin tapujos, sobre lo que supone el discurso del odio en el plano de las palabras y sus usos discursivos. 

Cervantes y Shakespeare hacen política con su lengua y esa gran verdad no se la podemos negar a las nuevas generaciones. Hegel mantenía que la tragedia podría ser definida como el aparato central de la vida política. En ese sentido los dilemas morales de grandes obras trágicas universales como Antígona, de Sófocles, y la propia Hamlet encierran un trasfondo ideológico en el que el individuo no se enfrenta sólo a su destino, sino también y sobre todo a los aparatos de control en sus distintas formas de abuso. 

Este enfrentamiento se muestra a través de marcos lingüísticos. Para trabajar sobre ello, puede ponerse por ejemplo el choque dialéctico entre Antígona y el Rey Creonte en el Acto I de la obra teatral de la Grecia clásica, donde este último utiliza un lenguaje cargado de connotaciones represivas en virtud de su posición de poder. Todo un ejemplo de violencia verbal encubierta. Si trasladamos su mensaje a la actualidad, ¿por qué le ocultamos estas realidades a los estudiantes de hoy, expuestos a fogonazos de desinformación a través de vídeos cortos que consumen sin parar en sus móviles, sin saber de qué manera con el discurso lingüístico del odio de muchos de esos productos se vulneran los derechos humanos?

 

Teniendo siempre en cuenta la madurez de nuestro alumnado, el docente siempre habrá de inculcar los principios y derechos constitucionales; es ahí donde estamos amparados por la libertad de cátedra, recogida en el artículo 20 de la Constitución Española. Ahora que acaba el curso, tenemos que hacer un balance crítico sobre si en el análisis de textos y mensajes lingüísticos de diferentes fuentes y soportes hemos o no trabajado estos valores exhaustivamente o si, en cambio, hubiésemos podido hacer más en otras circunstancias. 

Existe plena compatibilidad entre la identificación de los discursos de odio en las aulas y el rigor científico que debe acompañar siempre a la práctica docente. Esa compatibilidad debe hacernos sentir seguros cuando trabajamos en el aula mediante noticias, artículos, anuncios publicitarios o publicaciones en redes sociales la prevención de la violencia, la comprensión intercultural, el valor de la diversidad, el ejercicio activo de la ciudadanía y el respeto a los derechos humanos. Todo ello está fundamentado en nuestras leyes educativas. 

No olvidemos que cuando nos comprometemos a combatir las neolenguas de los discursos del odio en nuestras clases, en el marco de los planes de estudio vigentes, nos estamos también comprometiendo con estos principios básicos para la convivencia democrática. Y no podemos tener miedo por ello. 

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