¿La escuela mata la creatividad?

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En cierto modo, cuando somos pequeños todos tenemos el don de la belleza en nuestras manos y en nuestro cerebro.

Nos asemejamos a ese joven pintor de El retrato de Dorian Gray llamado Basil Hallward. El personaje de la novela de Oscar Wilde encuentra la perfecta inspiración, el modelo ideal, para crear retazos a través de un cuadro de Dorian, quien, a sus ojos, representa la perfección. Podríamos interpretar que, detrás su simbología, existe la expresión de lo que la infancia es capaz de imaginar o crear: toda creación de un niño o una niña es perfecta ante sus ojos. 

En el desarrollo de la creatividad se da una convergencia especial entre humanidades y ciencia. Por eso se habla de competencia STEAM —frente a la STEM— hoy en día: su trabajo responde al desarrollo de habilidades relacionadas con la ciencia, la tecnología, la ingeniería, las matemáticas y también el arte (por eso la vocal “A”), en un haz interrelacionado a través del que una persona aprende a pensar, crear, comprender y comunicarse. Todo unido a través de la creatividad.

Cuando desplegamos el pensamiento creativo ofrecemos soluciones con nuestra mente y cuerpo para enlazar ideas que ya tenemos fijadas con otras. Generamos, así una respuesta “creativa” a una pregunta o resolución de cualquier problema que se plantee, que podemos plasmar de muchas formas. 

El lenguaje verbal es una de las expresiones más importantes del pensamiento creativo, a pesar de que en ocasiones este se vincula erróneamente solo a las artes plásticas en las primeras etapas de crecimiento. Por ejemplo, se dice que un niño es más o menos creativo en función de cómo pinta o dibuja. 

En los procesos de expresión y producción lingüísticos, asociamos fonemas, letras y palabras para establecer significados a las realidades que nos rodean. Ahí hay una expresión de la creatividad básica. Por eso son momentos apasionantes cuando nuestros hijos e hijas empiezan a hablar, leer y escribir. Utilizan su creatividad para experimentar novedosas relaciones de ideas o pensamientos, a través de los nuevos códigos que van aprehendiendo. En el prefacio de El retrato de Dorian Gray dice, precisamente Oscar Wilde que “pensamiento y lenguaje son para el artista instrumentos de un arte”.

De alguna manera las niñas y los niños juegan mediante asociaciones libres a semejanza de los artistas vanguardistas a inicios del pasado siglo; recurrían al automatismo psíquico para dar forma a sus inquietudes y necesidades, lúdicas o no. Lo llamaron en aquel entonces art nouveau. Dentro de cada niño o cada niña hay un creador de esta envergadura. Un genio nuevo que también roba el fuego a los dioses, como hizo Prometeo en el mito griego.

Desde hace cierto tiempo hay una corriente de pensamiento que extiende la idea de que la escuela mata la creatividad de la infancia y la adolescencia. La charla TED de Ken Robinson de 2006 donde defendía premisas construidas a partir de esta tesis ha tenido cerca de ochenta millones de visualizaciones en su fuente oficial y casi veinticinco millones en YouTube. 

Es verdad que, como dice el autor de Escuelas creativas —un referente en las teorías de la educación actual— el sistema educativo contemporáneo nace vinculado a las necesidades de industrialización del mundo moderno; esas necesidades encubrieron determinados intereses por moldear el pensamiento y las habilidades de los jóvenes hacia lo que la sociedad neoliberal busca: adaptar los aprendizajes de las personas hacia lo “útil”, lo que el modelo fabril y capitalista precisa.

Sin embargo, la universalización de la educación ha ofrecido la oportunidad a la infancia, independientemente de su condición sociocultural, étnica o de capacidad, de acceder a distintos medios, soportes y técnicas (plásticas, visuales, audiovisuales, sonoras, corporales) que permiten a cada persona explorar sus habilidades creativas. Creo que es ahí donde está la clave para ofrecer otros matices a ese pensamiento comúnmente extendido, en relación a si la escuela mata o no la creatividad. 

Desde el momento en que un maestro o maestra enseña a leer o a escribir a una persona se están forjando los cimientos para que el ser humano explore capacidades que, en su desarrollo, lo distinguen de otros seres vivos. Y esas destrezas se adquieren en la escuela. Una vez se va incrementando esa creatividad, se va poniendo al servicio de determinados intereses o inquietudes vitales, y es ahí donde la escuela también hace una labor importante. Digamos que la educación ofrece las herramientas necesarias para que la capacidad expandida de crear hasta límites insospechados no sea solo un privilegio de determinadas mentes elegidas.

Es innegable que una mala práctica o un mal consejo puede condicionar el desarrollo del pensamiento creativo. También puede ocurrir por parte de los juicios de valor inconscientes de compañeros y compañeras de clase sobre nuestras creaciones. Y es ahí donde otras características emocionales de la personalidad entran en juego para que se limite, o se cercene incluso, el desarrollo del pensamiento creativo. En eso hay que estar vigilantes.

Dicho de otra manera: una experiencia vital (fuera o dentro de la escuela) puede determinar el mantenimiento, la perduración o el (des)equilibrio de la creatividad en la infancia o la adolescencia. Pero eso es algo muy distinto a mantener de forma taxativa que la escuela mata la creatividad en niños y niñas; dependerá siempre de las situaciones que dentro o fuera de ella se vivan.

La educación que dibujaba Ken Robinson en su crítica es la misma que se construye a partir del modelo académico y organizativo decimonónico, basada en la racionalidad técnica. Es la misma que denuncia implícitamente Dickens en Tiempos difíciles (1854), a través de una escuela donde los estudiantes son tratados como “pequeños recipientes que iban a ser llenados hasta más no poder con hechos”.

Sin embargo, la escuela actual también ha sido capaz de explorar en la capacidad exclusivamente humana de crear nuevos significados: alumbrando la capacidad del saber, en el sentido de la mayéutica socrática, se forja en la mente del alumnado, en un haz de interrelaciones, el pensamiento crítico, las habilidades lectoras y la capacidad para crear. Y eso ocurre por ejemplo cuando un colegio o instituto nos acerca a los libros, “extensión de la memoria y la imaginación” como mantenía Borges.

Es cierto que las habilidades que se forjan de forma instintiva desde la primera infancia son moldeadas en la escuela. Pero no puede establecerse causalidad con el hecho de que la creatividad decaiga desde el momento en que se entra en contacto con el sistema educativo. De hecho, los grandes avances técnicos, artísticos, científicos y humanísticos del último siglo han tenido su chispa de gestación gracias a los conocimientos de la escuela: único espacio donde todos se encuentran en una relación colectiva única que incentiva, por ejemplo, el hablar y el leer, facultades intrínsecamente vinculadas con el hecho de pensar creativamente. 

Decía, en ese sentido, la antropóloga Michèle Petit que “la calidad de nuestra fantasía (…) no depende solo de nuestra inventiva. Necesita nuevos impulsos, saberes, imágenes, relatos”. Ese caudal, en definitiva, es el que ofrece la buena escuela: la que no mata la creatividad, sino la que alimenta un sinfín de posibilidades para que esta no tenga límites.

1 comentario en «¿La escuela mata la creatividad?»

  1. Buen artículo. Siempre he comentado que es muy importante que los niños en sus primeros años de escolarización tentan maestros en la línea de lo que propones en este artículo. Hay que valorar esa primera etapa. Lo triste es que «normalmente», en los centyros escolares se la asignan al último en llegar. Gran error.

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