Una bola negra en cada escuela

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En cada ciudad. En cada pueblo. En cada barrio. En cada escuela. La bola negra es necesaria, hoy más que nunca.

Existe un cine maravilloso, de ese que cuenta relatos emocionantes y nos eclipsa por su apartado técnico. Luego hay películas que no solo cuentan una historia impactante, sino que nos obligan a mirarnos en el espejo. Muchos de quienes hemos ido al cine a estremecernos con La bola negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo, hemos visto una de ellas.

La premisa de una de las historias que trata, la decisión silenciosa de excluir a alguien mediante una esfera oscura depositada en una urna, muchos la hemos vivido como una metáfora devastadora de cómo opera el olvido en nuestras sociedades. Pero no hace falta una asamblea secreta para expulsar a alguien de la memoria colectiva: basta con no nombrarlo, no recordarlo o no enseñarlo.

En las aulas donde damos clase esa bola negra existe. No es física, pero pesa en cada silencio, cada página que no se lee y cada relato que no se cuenta. Por eso urge hablar de memoria histórica, de literatura, de lirismo, de humanidad y de ese sentido trágico de la vida que la escuela contemporánea parece haber relegado a rincones llenos de polvo.

La memoria histórica es una obligación democrática. Ya en otros artículos he hablado de la importancia de una especie de «cultura de la memoria». En La bola negra, el comité que se sienta frente a uno de los protagonistas, deciden si pertenece o se queda fuera. En nuestras aulas, la memoria decide qué vidas merecen ser recordadas y cuáles no. Cuando la escuela renuncia a trabajar la memoria histórica, está depositando su propia bola negra en la urna del tiempo. Está diciendo: “profe, ¿esto por qué entra?”, “esto no nos concierne”, “esto no es necesario para aprender”.

No hablo de esa enseñanza enfocada a la acumulación de fechas o nombres, como muchas veces nos hemos acercado a la historia o a la literatura. Así, al menos, la aprendí yo. Consiste, más bien, en comprender que cada generación tiene el deber de mirar hacia atrás para no repetir aquello que destruyó, fracturó o silenció. El pasado no es un relato neutro, sino un territorio lleno de voces que pugnan por ser escuchadas. Muchas de esas voces fueron expulsadas de la urna sin que nadie protestara.

Por eso necesitamos una bola negra en cada escuela. No para expulsar, sino para recordar que la expulsión existe.

Nuestros estudiantes deben entender que la exclusión es un mecanismo social que se reproduce cuando no se cuestiona. Para que sepan que la democracia se sostiene sobre la memoria, no sobre la amnesia.

La memoria histórica no puede caminar sola. Necesita de la literatura, lirismo y humanidad. Necesita que la escuela recupere el sentido trágico de la vida, como hizo Lorca cuando recuperó en sus obras el trasfondo trágico del teatro clásico. Se trata de recordar que el ser humano es vulnerable, finito, contradictorio. La misma esencia que nos enseña que la existencia no es solo un proyecto de éxito, sino también un territorio de pérdidas, duelos y preguntas sin respuesta.

La literatura es el antídoto contra la bola negra. Porque la literatura rescata lo que la historia a veces olvida: emociones, matices y las vidas empequeñecidas que no entran en los manuales. La literatura nos enseña que cada persona es un mundo y que cada mundo merece ser narrado. Nos devuelve la capacidad de empatizar, de comprender, de mirar más allá de nuestras certezas. Que La bola negra haya recuperado la importancia de lo literario para conectar vidas me parece un enorme acierto.

En un tiempo dominado por la inmediatez, la productividad y la obsesión por los resultados, la escuela corre el riesgo de convertirse en un espacio sin memoria y sin alma. Un lugar donde se enseña a resolver problemas, pero no a entender el sufrimiento. Donde se aprende a argumentar, pero no a escuchar. Donde se trabaja por competencias, pero no por conciencia.

La memoria histórica y la literatura comparten una misión: evitar que la bola negra caiga sin resistencia. Evitar que el olvido se convierta en norma y que la escuela sea un espacio donde solo sobreviven las historias de los vencedores.

Cada centro educativo debería cuestionarse qué memorias guarda y cuáles ha dejado caer en la urna. ¿Qué historias remotas del barrio, colegio o comunidad siguen vivas? ¿Qué relatos de exclusión, violencia, resistencia y esperanza se han perdido? ¿Qué alumnos, qué docentes o qué familias quedaron fuera del relato oficial? Hagámonos estas preguntas.

La memoria histórica escolar no es un ejercicio académico: es un acto de justicia, la forma de devolver la dignidad a quienes no la tuvieron. La manera de enseñar a las nuevas generaciones que la democracia se construye con palabras y sensibilidad.

Por eso necesitamos volver a leer para entender, por supuesto, pero también para emocionarnos. Volver a detenernos ante un poema que nos habla de la fragilidad humana, como ocurre en la película. Volver a escuchar una historia que nos recuerda que la vida siempre es digna de ser contada.

Tal vez toque de verdad recuperar el lirismo en cada clase como herramienta para comprender el mundo. Recuperar la tragedia con la conciencia de que la vida es de tal complejidad que merece ser repensada. Recuperar, en definitiva, la humanidad, porque sin ella la memoria histórica se convierte en un catálogo frío de hechos que despachamos a vuelapluma por falta de tiempo.

Perdamos el miedo a rebuscar una bola negra en la escuela. No para expulsar, sino para alertar y recordar que el olvido es una decisión. Debatamos más sobre ello en clase: la memoria es el gran acto de resistencia y reflexión. En un mundo cada vez más fracturado, nuestros estudiantes tienen en la escuela la oportunidad de entender que las piezas de la historia se unen con palabras, encuentros, relatos y valentía.

Ahora que echamos mucho en falta el cultivo del pensamiento crítico, desde esta mirada revisionista de las injusticias del pasado la escuela puede ser ese lugar donde la memoria se cultive. Donde celebremos que existe el arte y aprendamos humanidad a través del inmenso acto que representa compartir conocimiento.

Para que nadie quede fuera de la urna y ninguna vida sea borrada. Donde la memoria, por fin, sea ese proyecto común que todos anhelamos.

1 comentario en «Una bola negra en cada escuela»

  1. Interesante reflexión. Hago uso de mi memoria escolar, desde el ingreso, a los diez años, y los 6 de bachillerato, nunca me mandaron a leer nada. No conocí a los escritores como Lorca y demás. De la historia solo nos hablaban de los vencedores y me obligaron a participar en los defiles franquistas y cantar delante de la placa donde figuraban los muertos de ese bando. En casa mis padres gyardaban silencio, pues dos de sus hermanos estuvieron presos y a punto de morir. Cuando llegué a La Laguna como estudiante, empecé a ver la importancia de conocer esa memoria histórica. Empecé a leer a los autores prohibidos. En 8 años como estudiante en La Laguna, recuperé lo que me ocultaron.

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