Dediquemos más tiempo a educar en lo cotidiano

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Recuerdo que en el inicio de esta primavera mi pareja hizo una foto doméstica con su móvil.

Salía nuestra azotea, las sábanas húmedas que yo tendía aprovechando los rayos de sol, nuestro perro persiguiendo el movimiento de la ropa tendida, esa persona que no sabe que está siendo mirada…

No es que la foto, en apariencia, explicase nada significativo, pero a mí me recordó algo esencial cuando la vi: la vida sucede en lo pequeño, en lo que casi nunca nombramos, en lo que pasa mientras creemos que estamos ocupados en cosas que consideramos más importantes.

Aquella tarde, sin que yo lo supiera, surgió esa foto que técnicamente quien la ha visto me ha dicho que era perfecta. La única persona aparecía al fondo, un poco a la derecha, como quien no quiere molestar al encuadre. La luz caía sobre las paredes amarillentas, salpicadas de musgo, y la ropa tendida se movía con aire juguetón. Nuestro cachorro seguía a lo suyo. Nada extraordinario. Y sin embargo, ahí estaba todo. En Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, se dice: “el valle seguía allí, inmóvil, como si el tiempo no pudiera atravesar aquellas montañas”. En el instante capturado en la foto, el paisaje aparece también como refugio como en esa novela. Nuestro refugio de tantos atardeceres inmortales. 

Revisando la imagen después, me sorprendió la cantidad de símbolos escondidos en lo cotidiano. Esas montañas del pueblo que, al fondo, observaban en silencio. Las sábanas que parecían oler a suavizante Nenuco que tanto nos gusta en casa. El cielo de primavera se abría como si quisiera alargar la tarde un poco más. Todo permanecía quieto, detenido, como si la vida pidiera un instante de pausa para seguir recibiendo caricias de la brisa.

He descrito este marco con tanto detalle para recordarme a mí mismo algo que a veces olvido: la belleza discreta existe, pero exige atención. Tal vez no nos reclame, pero está, mientras casi siempre pasamos de largo.

En la crianza ocurre lo mismo. En la escuela también.

Vivimos obsesionados con nuestra apariencia, con grandes planes, con subirlo todo a redes, mientras pasa de largo la humanidad, que es aquello que se construye en lo pequeño: cómo saludamos por la mañana, cómo escuchamos a quien llega inquieto, cómo nombramos a un alumno cuando lo llamamos por su nombre, cómo dejamos espacio para que cada uno respire si lo necesita. La educación es, en buena medida, el arte de la atención. No hablo sólo de lo importante que es que el alumnado nos atienda. Me refiero a atender a lo que sucede, a lo que no se dice, a lo que se mueve como esas sábanas que se dejan acariciar por el sol sin prisa.

Quizá por eso aquella imagen me conmovió. Porque me recordó que la vida —y también la escuela, que no es otra cosa que vida compartida— se sostiene en gestos mínimos. Desde la forma en que doblamos una toalla hasta cómo acompañamos a un chaval que es expulsado de una clase a jefatura. En cómo cuidamos a quien necesita sentirse cuidado. En cómo mimamos ese último detalle que parece insignificante.

Muchas veces ya he dicho que la educación no es solo transmitir conocimientos, y cada vez estoy más convencido de ello. Tiene mucho de enseñar a vivir, y vivir es aprender a ser buen ciudadano, sí, pero también a detenerse, a escuchar el mundo pequeño que nos rodea, a veces con una sencilla respuesta a un «deja que te ayude» o un «¿necesitas algo?».

Cuando pienso por ejemplo en los chicos y chicas de mi instituto que acaban de terminar Bachillerato y emprenden sus caminos, pienso en algo parecido a esa foto: cada uno de ellos es también un instante cotidiano que podría pasar desapercibido si no lo miramos con la atención que merece. Por eso, cada gesto nuestro, sea una palabra, un silencio, una sonrisa o un límite bien puesto, puede convertirse en esa luz que impregna las paredes amarillentas de su día.

La escuela debería ser ese lugar donde lo pequeño importa. Donde se aprende que la prisa no es una virtud. Donde se enseña que las cosas importantes necesitan tiempo para encontrar su forma. En la escuela se cuida lo frágil y se acompaña lo que crece.

Pienso que educar es algo tan sencillo y tan difícil como esto: aprender a mirar, a mirar de verdad. Sin prisa. Mirar para descubrir la belleza discreta que sostiene la vida.

Aquel día de inicio de primavera en aquella azotea no pasó nada extraordinario, pero pasó todo. Así, la vida continúa pidiéndonos cuidado incluso cuando creemos no verlo. Quienes luchamos por una escuela más humana tal vez debemos empezar por ahí: por recuperar la capacidad de revisar lo cotidiano, de cuidar los detalles que no salen en los informes. Mostrar a nuestros alumnos y nuestras alumnas que la belleza está en lo que casi nunca se ve, como bien nos enseñan los artistas que aman lo que hacen.

Porque educar es, en cierto modo, aprender a detener el tiempo en un instante. Dediquemos, pues, más tiempo a educar en lo cotidiano.

Y que la luz haga su trabajo.

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