A veces los logros más difíciles o complejos empiezan por detalles que parecen sencillos.
El agradecimiento es un símbolo universal que gesta el origen de la tan traída competencia ciudadana: una competencia que siempre rebuscamos en nuestro alumnado para que puedan desarrollar esos otros valores llamados transversales.
De una forma u otra, dar las gracias está presente en multitud de actos de los finales de curso, desde los más sencillas hasta los que están rodeados de pomposidad. Se dan las gracias durante y sobre todo al final de un recorrido. Me contaba, en ese sentido, un amigo que vive en la República de Benín —pequeño país costero del África Occidental— que cada fin de año allí el jefe de una familia organiza una ceremonia para dar las gracias a los antepasados y a las divinidades por haber traído suerte y salud a todos los familiares. Este ritual se repite tanto en familias como entre los seguidores de una divinidad o dentro del propio poblado. Al fin y al cabo, las fronteras entre las culturas se diluyen en todo lo que nos une (muchas veces imperceptible a nuestros ojos), y la acción del agradecimiento es común a todas las civilizaciones.
La palabra “gracias” es de las más versátiles del diccionario. Es un vocablo plástico, en torno al cual se aglutina una familia léxica honda por su trascendencia y gama de matices a la hora de apropiarnos de él en distintos actos de habla. En la recta final de este año académico me he fijado un poco más en su presencia en diferentes momentos de nuestra escuela, y me he dado cuenta de que a veces hemos pretendido empezar la casa por el tejado, sin darnos cuenta de que sus cimientos, las bases del saber, tienen que estar construidas en torno a la idea de gratitud.

En cierto modo, siempre detrás de un “gracias” hay un ejercicio de dignidad compartida, cómplice. Cada vez que agradecemos es como si nos pusiéramos al servicio de los demás. La palabra “dignidad” tiene en su tronco originario la acción de tomar: lo digno es lo que se alcanza por merecimiento y se pone a disposición de los otros. Agradecer es, al fin y al cabo, honrar, dar sin más una alabanza al otro, sin esperar nada a cambio. Y ese es el germen a partir del cual se construye eso que hoy llamamos competencia ciudadana.
De la palabra latina gratia derivan los adjetivos “agradable” o “agradecido”. Lo grato es también lo que es bello ante otras miradas, o lo bondadoso. Y no está de más que este enorme campo de significados lo recordemos en muchos rincones de nuestros centros escolares, con cada uno de nuestros gestos, que pueden empezar por eso: por dar las gracias.
Dedicarse a la res pública tiene mucho de esta idea de servicio a los demás, entroncada con el amplio significado de gratitud. Desde las madres embarazadas que alumbran en cada parto en hospitales vida y esperanza hasta las emergencias sociales, educativas y sanitarias en las que cada servicio público ha estado ahí, alerta: siempre tenemos algo que agradecer a quienes trabajan en lo que es de todos, y entre los que trabajamos en esta importante función, también: tenemos que agradecernos unos a otros. Porque la fuente del agradecimiento gotea y se impregna en cada ropaje cercano, dejando una huella imborrable.
Detrás de cada señal de gratitud se esconde una muestra de esa fragilidad que nos hace humanos. Un vestigio de nuestra debilidades que, a pesar de todo, nos convierten en únicos e irrepetibles.
En la novela corta El viejo y el mar, Hemingway inmortaliza a un viejo y humilde pescador cubano que al final de su vida se afana por capturar a un gigantesco pez en aguas frente a La Habana. Tras ochenta y cinco días de lucha en soledad, logra hacer que el pez muerda el anzuelo y comienza su odisea de regreso a tierra. Durante este, el viejo va manifestando sentimientos de admiración, gratitud y pena hacia la enorme presa, a medida que esta iba siendo devorada por el resto de peces en el regreso. Pero no importaba: la victoria de ese viejo pescador llamado Santiago era, más que nada, moral: el agradecimiento por haber estado y haber llegado, símbolo que sirve de enseñanza a un niño que lo espera en la costa y lo admira a pesar de fracasar en sus intentos de capturar con éxito el gran pez.
Muchos gestos que han rodeado este final de curso han venido a nutrir, sin darnos cuenta, esa necesaria parcela de la competencia ciudadana que se llama gratitud. En las despedidas perviven sentimientos nobles, de generosidad, compañerismo y altruismo, que son la verdadera excelencia de un sistema educativo devorado por los números, pero que procura resistir como aquel gran pez de la novela de Hemingway.
El viejo Rey Lear, en la obra teatral de Shakespeare del mismo nombre, destaca de la siguiente manera las virtudes no materiales de su hija menor: “Hermosa Cordelia, tan rica por ser pobre, excelsa por rechazada, querida por desairada, te acojo con todas tus virtudes”. El sentimiento que perdura en Cordelia era la nobleza de la gratitud.
Cuando trabajamos saberes y competencias en las clases, a veces nos afanamos por buscar la neutralidad. Sin embargo, el filtro de lo humano nos hace débiles y, a la vez, sensibles ante las injusticias y ante los gestos de civismo que cada vez se debilitan más en un mundo individualista. Ahí es cuando entra en juego la subjetividad. Por eso, toda competencia clave empieza por el humilde gesto de agradecimiento, compartido por cualquier cultura e indestructible ante cualquier transformación. Enseñar a dar las gracias y aprender a valorar a quienes nos agradecen cualquier gesto o detalle es un aprendizaje crucial para la vida.
Por eso el ser humano expresa su necesidad de agradecer en todas sus lenguas: es el cimiento compartido de la Torre de Babel que nos entrelaza, aunque no nos demos cuenta. Por eso la ciudadanía se aprende cuando aprendemos a convivir a partir de la gratitud. Lo más primitivo y lo más universal.
Me ha gustado mucho. Me ha sorprendido por lo culto y sencillo a la vez. Sabe comunicar. Y eso es una virtud.
Buen artículo compañero. Debe estar presente, esa palabra mágica que abarca tanto, en nuestro quehacer diario.
Ya sabes querido amigo que siempre te he envidiado, envidia sana sin duda, la capacidad que tienes para contar «esas cosas» que los demás también sentimos pero que no sabemos como decirlo. Felicidades por el artículo